(Helena)
Hace mucho tiempo que no bailo. Hará ya
dos años que tuve que dejarlo para centrarme en los estudios. Fue justo después
de las Navidades en las que bailé en el West End, en colaboración con una
compañía profesional. Con la fría humedad matinal, me ponía mis trapos y
calentadores, me hacía el moño en los camerinos y bajaba a las clases en el
escenario. Entre los altos bastidores negros, poleas, y focos, era feliz. Entre
ellos siempre me he sentido en casa. Esas Navidades sirvieron también para enamorarme
más de un bailarín de clase al que yo, por ser tan tímida e insegura entonces,
jamás me declaré. Recuerdo la noche de la última función. Absorbí por cada poro
la bendición de los aplausos del público, el rugido de un sueño vuelto
realidad, mientras caían globos y estrellas que formaban parte del decorado desde
lo alto. Por última vez, vi unas cortinas rojas cerrar mientras saludábamos, y
supe que sería duro dejarlo. Lo supe mientras sentía una bella tristeza embriagar mi pecho. Aquella noche, perdí silenciosamente dos de las cosas que más amaba; a ese chico y al ballet.
Por el recuerdo que traería, no podría
volver a entrar en la misma discoteca a la que fuimos de fiesta esa noche. Estuve
todo el rato calibrando cómo declararme con toda la inocencia del
mundo, mientras ignoraba a los Italianos guapos que querían bailar conmigo. Pasadas las doce, vi
como una de las bailarinas se le acercó y sin más reparos se besaron. En shock, quise
huir de aquella guarida de víboras, y sencillamente, me evaporé. Nadie tuvo el
detalle de despedirse o percatarse de que no volverían a verme. Cuando me recogieron
mis padres dije con naturalidad que había sido una buena noche y me propuse no
llorar, pero al día siguiente, no pude parar.
Dicen que la perfección no existe pero
el ballet te hace buscarla. Dicen que lo que es natural es más bello, pero la exactitud de la técnica del ballet no
es natural, y aun así mantiene la gracia y debe ser por algo ajeno a mera
técnica. Debe ser que lo que siente el artista da alma a esos movimientos. Gracias
a que ondean sobre la música; el lenguaje más sensible y sublime que se ha
creado. Consiguen combinar casi opuestos con su cuerpo; delicadeza y fuerza.
Las líneas son desafiantes al rozar casi la perfección del movimiento, siendo
antinaturales, pero bellas y dulces. Son constante composición estética en el
espacio, como humo de colores. Como todo arte y su técnica. Los artistas se
condenan a expresarse a través de ella.
Por más que me esforzaba, no era
suficiente para su exigencia. Quizás distorsionó el valor que doy a la belleza.
También distorsionó la necesidad de buscar retos que suplantaran el que ella
suponía, o marcó la tendencia a poetizar cada minucia que se cruza en mi camino.
Mi madre decía que cuando me
despertaba antes que los demás, cantaba en la cuna. Pensó en apuntarme a música
pero acabé en la academia de ballet del pueblo. Tendría casi cuatro años pero recuerdo
vivamente el momento en que, pasando por delante de la verja blanca de la
academia, mi madre me preguntó; “¿hija, te gustaría bailar aquí?”. Yo sentía
indiferencia, pero me apuntó con el resto de nenas de la escuela de parvulario.
Esto fue durante los años en España antes de irnos a Inglaterra claro. Dos o
tres años antes. En Londres, con nueve años hice audición para una academia de
la Royal, y compaginé eso con el colegio.
Pero fue de aquella humilde academia
de pueblo de donde nacieron las primeras posturas que hacía que me pasara el
día soñando despierta. Despertaba ilusionada por ponerme mi falda de tul lila,
un lazo en el pelo para sujetar el moño, las zapatillas, y preparaba todo para
la gran función de ballet en la salita (incluidas las papeletas de entradas)
que preparaba para mis padres a la noche. Ponía la música clásica seleccionada
y reservaba para la pieza número siete la del "lago de los cisnes" de
Tchaikovski que destaca como mi favorita. Me encantaba el olor a piel de las
zapatillas y deseaba llevar las puntas de raso algún día como las mayores. Sin
la danza hace tiempo que no siento el mismo cuerpo, la misma felicidad etérea,
la misma fuerza delicada. Hubo un año por medio de vacío y muchas horas muertas.
Para tener un sitio donde bailar me quedaba en secreto algunas noches en el
gimnasio de Harrow School intentando llenar ese hueco que faltaba en mi rutina.
Sola frente al espejo. Recuerdo aquella tarde en que tenía todo ese espacio
para mí y bailaba, pero no veía la perfección en las líneas, y mientras me
frustraba, fuera llovía tormenta. Acabé sentándome en una esquina, me quite las
puntas de raso, y me sequé la poca sangre de las llagas. Desde las lágrimas de
esa tarde no me atrevo a volver a calzarlas y desde entonces asumo que mis
piernas no valen lo mismo.
"No hay belleza en el mundo
que no duela." (Pablo Colin)
"Todo cambia y nada
permanece. Y no habría belleza, ni danza, ni movimiento si las estaciones no
alborotaran los colores y el follaje de los arboles no se desprendiera amarillo
en el atardecer." (Giocondra Belli)


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