14 Septiembre 2013- Helena


(Helena)
Cuando llego a la parada del bus 81 al salir de la facultad, suele haber anochecido ya, en excepción a los viernes que acabo con el sol del medio día. La mayoría de las personas que me encuentro en la parada coinciden en hablar de sus malatías y de lo que el médico les ha recetado, porque vienen de La Quirón (el hospital de enfrente). Muchos de los casos que entreoigo me hacen contrastar con mi realidad. 
Ayer, me impactaron las palabras de un hombre de unos sesenta años, bastante consumido. Se dirigió a mí de la nada y mirándome seriamente dijo: 
-"Tengo cáncer terminal. Me han dicho que la quimio no puede salvarme...pero lo llevo bien". 
La otra señora sentada a mí lado era una mujer robusta, y contestó por mí con una pregunta rozando la impertinencia: 
-"¿Es una broma verdad?"
 Como era de suponer, el hombre contestó algo así como:
-"¿Tengo cara de estar bromeando?"
 Lo cierto es que no, sufriría demencia además de cáncer si se regocijara en humor tan negro. Yo no supe ni que, ni cómo responder a aquella confesión de un extraño en la calle. No supe si buscaba mi consuelo… no supe exactamente como se podía sentir… y sobre todo, no supe cómo no ofenderle con palabras de cría. 
Todo saliendo de mi boca habría sido un puñal más que un bálsamo si el hombre se sentía miserable, como parecía sentirse. De manera que, por prudencia y respeto me mantuve callada y mis ojos expresaron solos la compasión que sentía por él y mis mejores deseos. Me marcó ver la muerte andando tan cerca de la vida. Esperando en la misma parada de un autobús.
Ahora estoy en los diecisiete. Todo lo sana que creo que puedo estar, con mi vestido rosa "nude", en la carrera que quiero, conociendo a gente nueva encantadora. Roberto, un chico muy guapo quiere quedar para tomar algo y no se si podría llamarse “cita”. Sin embargo, cuando me encuentro con el chico de la biblioteca y de la cena por los pasillos o en clase, me olvido de cualquier otra cosa. Voy abrazando la confusión y la incertidumbre, cargada de vibraciones de colores vivos, como los castillos de fuegos artificiales.
A veces, subo a lo alto del edificio de medicina, donde hay una pequeña terraza prohibida para mirar las vistas desde allí arriba. A aquel hombre, solo podía ofrecerle el contraste, o la hipocresía de alguien joven que no sabe o piensa siquiera en la muerte, pero se atreve a aparentar que la conoce. No podía hacer más que querer bendecirle y callar. Yo era afortunada como los pétalos de una rosa recién rociada y es que, la vida ofrece momentos para todo. 
Cuando hay días felices, divertidos, despreocupados, como el color “naranja”, la balanza se compensa y todo cobra sentido. La frustración o el miedo los ensucia, tornándolos “morados” o incluso un cuadro “negro”, con las pinceladas de oleo mal mezcladas, quedando una obra de arte estropeada en una esquina, sin esperanzas de resurgimiento. Para que el cuadro no acabe arrojado en la esquina, lo que nunca hay que dejar de hacer es dejar de enamorarse de la vida, o dejar las obligaciones que hacen viable que ésta se sostenga. Dejando de amar, se encuentra la soledad y ya no se tienen días de colores. Por eso voy comprobando que cuando vivo el presente fluyendo sin más, cumpliendo con lo que cada momento conlleva sin ansiedad, todo sale bien. De ahí, sale un buen futuro, porque una casa no se empieza por el tejado. Un buen futuro no se puede conseguir sin asegurar un buen presente. “Zamora no se conquistó en una hora”, “a fuego lento sale todo mejor”, “la tortuga y la hormiguita llegaron antes”… ya se ha dicho de mil maneras. No voy a decirlo yo mejor.
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