Helena 24 de Septiembre

La memoria es selectiva. Escoge rememorar lo único que considera importante de cada hecho del pasado. Como todos somos distintos, todos recordaríamos un mismo evento habiéndonos fijado en distintos aspectos y desde distintas perspectivas. Se deshace el ovillo de recuerdos y se desandan los pasos que lo formaron. Se lee de la hebra lo único que se considera imprescindible. Me llamó tremendamente la atención lo que un día en una chocolatería me conto un amigo; "Nunca, volverán a ser los mismos recuerdos de una vez a la siguiente, ni la misma secuencia, porque los modificamos sin darnos cuenta cada vuelta atrás." La estructura del cerebro...cada célula, cada tejido surgido a partir del código...es todo un portento natural. Sin embargo, el alma se cree que es algo que no está en los genes.
Ahora no recuerdo nada de aquella retahíla de ideas y preguntas que me vinieron aquella noche de febrero en torno a ese tema. Solo recuerdo que miraba los grises edificios de la ciudad y el humo del tubo de escape de coches cualquiera. Hace siglos aquellas calles de la ciudad habrían sido huerta valenciana o campo abierto. Quizás un camino para llegar al puerto. Quería ponerme a escribir, o a divagar, cuando la importancia de esos pensamientos se traslado al segundo plano...
Al móvil le quedaba un escaso 10% de batería cuando vibro una llamada de mama. Lo cogí y su voz hablo directamente en un tono aparentemente inalterado, pero de mal augurio para alguien que la conoce mucho. Puedo presentir cuando se va a desencadenar su mal principio, conozco como evitar que vaya a más, controlo cuando va a subir o que puede empeorar la subida. Demasiados años de entrenamiento. De pequeña no sabía que química en el cerebro le causaba esos cambios bruscos de carácter. La cuestión era poner en la balanza el peso necesario para equilibrarla o manipular el lenguaje para tranquilizar. Apagar el fuego con una manguera a presión o aprender a evadirse del dolor de una manera fría. Este año está mucho mejor.
- ¿Puedes ir a por Clara al colegio? Llegaré tarde hoy. Papa ha ido...
El contenido de esta llamada tenia la cargante mala pinta de ser por otra de las típicas broncas entre ellos.
Me lleve la mano a la cabeza y rodé los ojos en señal de cansancio. El tren emitió sus pitidos de arranque y la oí balbucear palabras tensas de fondo, que eran de esencia toxica para mis sentidos.
- Mama, no te oigo, ¿qué pasa?

El tren entro en el túnel de metro. El vagón iba tambaleando exageradamente de lado a lado. Entonces se fue la batería.

Fui a por Clara aquella tarde y estaba anocheciendo. Volvimos a casa andando, pues obviamente a los dieciséis no tenía todavía carnet. Sólo llevábamos una chaqueta ligera de entretiempo mientras luchábamos contra un vendaval que alzaba en espirales los folletos de la calle y hacía traquetear las persianas de las ventanas. Las ramas de los arboles parecían querer azotar con violencia al mismo aire, en todas las direcciones. Quedaba poco para la llegada de la tormenta.
Clara estuvo todo el trayecto a casa gritando al viento su duda incontestable sobre donde estaban papá y mamá. Yo le decía que no lo sabía y seguíamos andando cogidas de la mano. Siempre la he tratado como si fuera más madura de lo que es, porque los mayores no tratamos con paños calientes a los hermanos pequeños. Sabemos que pueden ser más fuertes, y de ellos esperamos lo mejor, pero en realidad era una cría. Una cría que antes de los siete años me seguía a todas partes con dulce admiración. Pero para proteger a los peques ya están los padres. Supongo que es difícil para ellos saber en qué punto traspasan al grado de sobreprotección. Con el paso del tiempo, el cinismo del adulto va quitando capas a la bendita inocencia. Los ojitos derechos de papa o mama se independizan como parte de lo normal. Se adentra uno en el bosque del descubrimiento personal, buscando respuestas propias.
Volviendo a esa tormentosa noche de febrero, recuerdo el largo rato que pase abrazada a Clara hasta las dos de la mañana, intentando dormir algo y que no se preocupara demasiado. Nos acostamos en la cama grande para tener más espacio. Hablábamos en voz baja para llenar el horrible silencio.
Cuando sonó un ruido en la verja de entrada, nos levantamos rápidamente para ver por la ventana del dormitorio quien era, encontrándonos con que papa había llegado al fin. Hubo un respiro de alivio al verle, que pronto fue sustituido por angustia. Mama no había vuelto con él. 
Escuchamos los lentos y pesados pasos de subida por los escalones, cada uno seguido de otro más cercano, y al verle a la luz de la luna se percibieron sus ojos hinchados, el ceño algo fruncido y el cuerpo chupado para dentro, sin energía. Empezó contándonos frotándose el parpado derecho con el dorso del dedo índice que mama había olvidado tomar la medicación y que había perdido el control. El corazón se me aceleró, e intentaba evitar las conjeturas precipitadas. Siguió contando que el coche se desvió en una curva y que hubo impacto, pero que lo peor fue el susto. Sin embargo, el ansia de mi mente iba más acelerada que sus palabras. Papa contaba el hecho como si de un problema cotidiano pero sin arreglo se tratara. Prosiguió diciendo que en el hospital tuvieron que hacerle un TAC y una eco, pero que primero de todo no nos preocupáramos porque el accidente solo había causado moratones y un tirón en el cuello. Tras ese tenso y caótico mensaje hubo un siniestro silencio.
Con pena nos siguió diciendo que, sin buscarlo habían encontrado en la eco un tumor. Si, había dicho tumor. Por eso no había llegado a casa. Había tenido que quedarse ingresada. Papa no quiso aclarar si era un tumor maligno, ni porque él no se había quedado con ella toda la noche. Asumí pues, que había metástasis. Esa fue quizás una de las noches más tristes de mi vida. Envuelta en un velo plata, contemplé la luna por mi ventana durante horas, como la estatua de La fiducia in Dio de Bartolini, sin percibir el paso del tiempo, ni los sentidos.  
Para mi diecisiete cumpleaños su tratamiento de quimio ya había terminado. Sanó y adoptó por costumbre agradecer diariamente la vida. Con los días también se volvía más creyente. Se encerraba en sus rezos, cargando la impresora con archivos Word de nuevas oraciones. Algunas veces, tenía esa cariñosa sonrisa cálida y radiante y otras, todo su ser descendía al negro… Sucumbiendo al otro extremo. Sobre todo si no tomaba las pastillas, y a veces las olvidaba quizás a posta, como intento de escapar de la dependencia ya adquirida. En esos descensos yo solía verla transformarse pensando que cuando lo hacía, no era la misma, sino una bestia ajena a ella. Desembocaba en agotamiento, hundimiento, y autoestima a nivel de ras. Cuando podía recopilar la fuerza y paciencia para hacerlo, me sentaba a su lado y le hablaba con calma para que se recompusiera. Necesitaba la compañía de su hija y una conversación para volverse a sentir mejor. Para ella, la buena comunicación era clave para su salud.
- Si miro atrás y veo mi recorrido, viendo todo el sufrimiento por el que he tenido que pasar, lo volvería a pasar solo por ti. Eres mi belleza, lo más bello de mi vida.
Contuve mis lágrimas ante su amarga emoción, sintiendo que cargaba un enorme cántaro cargado, que tambaleaba en mi adentros pudiendo derramarse.

Solo han hecho dos semanas de mi llegada a España y ya están pensando en venirse a vivir aquí un tiempo. He recordado ese día de febrero a raíz de su llamada de hoy desde Inglaterra. Me decía que me echaba de menos, y que estos días había estado aturdida, y que había decidido comprarse una Thermomix o reformar la cocina, y que necesitaba que Clara colaborara más en casa o no podría ya con todo. Además me decía que no le gustaba la idea de que estuviera en una residencia y que lo mejor era tener un piso de alquiler para momentos como este en el que me quiera visitar. Me dijo que llamara a la madre de mi amiga Sofía que alquilaba en Alameda. No pude contradecirla en sus energéticas nuevas propuestas aunque me sonaran a disparates diversos y me tuve que dejar llevar. Una mini mudanza a inicios de curso podía significar tener que faltar algunas mañanas a clase y soy consciente de que no me lo debo permitir.
Tras hablar por Skype, tomamos la decisión de que lo mejor es que Clara y ella vengan a Valencia mientras papa esté en Francia. Clara haría las clases a distancia que ofrece Harrow College durante ese tiempo. En la llamada me repitió mil veces con sentimiento de culpabilidad, que no quería llegar y ser una molestia porque sabía que para mí era una etapa importante para rehacer mi vida, conocer a gente nueva y adaptarme. Aun así, si ella está infeliz y desacompañada, no puedo estar tranquila. De manera que el lunes estarán aquí. No era lo planeado, pero las cosas no son inalterables y las circunstancias controlan más a las personas que las personas a ellas.

El otro día, paseé por Viveros, bajo sus puentes y arcos neoclásicos, inspirando la magia del sol de finales de verano Español. Vi como un árbol que medía un metro cuando yo tenía cuatro años y patinaba por esos circuitos, ahora medía casi dos. Al lado de éste estaba el elegante y juvenil almendro de siempre, que descaradamente cada vez que era azotado y roto por los temporales que carecían de su misma delicadeza, seguía demostrando su valor creciendo en busca de la luz. Sentada en uno de sus bancos sola, me di cuenta de que echaba de menos ser educada en el baile o en el canto. La sensación de no llegar a saciar mi necesidad de música no era nada nueva. Por eso, en un intento de encontrarme con ella dejé los Viveros en busca de la sala del coro de la Universidad para ver que era, y si estaba abierta. Conocí a algunos profesores y alumnos metidos en él y me hicieron cantar, pero canté sin plantearme realmente si quería formar parte de ese coro. Simplemente canté sin ataduras. Me sentí a gusto pero seguramente no vaya a tener tiempo.
Me han dicho que pronto habrá un concierto benéfico en el Palau, y que ellos como coro cantarán en el. Los ensayos serían intensivos y a estas alturas del inicio de curso, si me apunto quizás no pueda comprometerme por mucho me que me llame la curiosidad. De todos modos no faltaré en la audiencia de ese concierto cuando se haga, además dicen que va a tocar uno de clase. 

24 de Septiembre - Guido

Cuando he ido al centro de estudios musicales universitarios a informarme sobre un concierto benéfico, me he topado con una grata sorpresa: una dulce y aterciopelada voz se extendía por los pasillos,  interpretando un pequeño fragmento  de "Los Miserables". No me pude resistir, e inmediatamente busqué a la dueña de aquel portento de la naturaleza, práctica y técnica unidas en perfecta armonía. Cuando conseguí seguir el sinuoso rastro de eco y reverberación con el que los pasillos torturaban a aquellas ondas casi perfectas, me asomé tímidamente por la pequeña ventanilla de la puerta. No se que hubiera sido mejor... Porque para mi sorpresa y conmoción, la dueña de aquella maravillosa voz no era sino Helena, la chica de los huesos. De tal sobresalto, se me escapó un estúpido, pero sonoro balbuceo que llamó la atención de unas tres aulas a la redonda. Para cuando alguno que otro de los pasmados integrantes de aquella pequeña aula se volvió, yo ya no estaba allí.

No tenía ni idea que ella también cantaba, a parte de tirar huesos por las salas de disección. 

Ahora estoy escribiendo en mitad de uno de los interesantisimos seminarios de Comunicación, una asignatura en la que un hombre de la edad de mi abuelo trata de hablar en inglés, en un tono de voz tan sumamente bajo que los pocos que tratan de seguirlo, se han comprado varios sonotones, para colocarlos en serie. Y aun asi no oyen ni la mitad. Parece que esté tomando apuntes como un condenado, y la gente me mira raro, completamente maravillados.

En cuanto al concierto,  ayer se pusieron en contacto conmigo un par de estudiantes de medicina que me preguntaban acerca de mis estudios de música, contándome algo de que necesitaban urgentemente un buen trompetista. Me pareció lo típico, la típica estrategia de que te sientas imprescindible para que caigas y te apuntes. Pero parece que no era así. Cuando fui a informarme a aquel edificio, me contaron que el trompeta solista que iba a tocar para el concierto se rompió el labio el otro día en un accidente, y que los demás trompetistas no se atrevían a tocar aquellos solos en tan poco tiempo. Además, este concierto benéfico está organizado por la misma universidad para recaudar fondos para la investigación en la enfermedad de Alzeimer. Uno de los grandes problemas es que es en sólo dos semanas, lo que significa que, siendo en el Palau, y viendo la seriedad que envuelve el asunto, es muy probable que estas dos últimas semanas estén plagadas de duros ensayos de varias horas de duración. Como en los viejos tiempos..

La verdad es que cualquier oportunidad de tocar como solista en el Palau no se puede desaprovechar; además, estamos ayudando a una causa tremendamente importante. Además, no quería decirlo... pero también está ella. Hoy me han dicho que el coro de la universidad también intervendrá en el concierto. Quizás si hay suerte hasta ensayemos juntos. Es una oportunidad perfecta para saciar mi curiosidad.

Hablando esta chica... últimamente no viene demasiado a clase, aunque no es que me fije demasiado, pero la verdad es que no la frecuenta. Además, cuando viene, en cuanto acaba la clase huye despavorida; quizá simplemente sea por alguna combianción de metro. Ya me estoy emparanoyando con tonterías absurdas de gente que ni siquiera conozco.. Aunque la verdad es que siento una especie de desasosiego insusual que me lleva a preguntarme demasiadas cosas. Tengo una necesidad imperante de conocerla más, pero después del resbalón de la sala de disecciones, las miradas misteriosas sin respuesta y demás... Quizá necesite una fecha, un motivo especial para forzarme a hablar con ella. Entablar una conversación y ver que sale. Muchas vecs sólo necesitamos eso, una fecha límite de entrega, un callejón sin salida, para obligarnos a actuar. 

Aunque, seguramente, al conocerla me de cuenta de que en realidad no es nada del otro mundo, y todo el misterio y encanto se evapore. Pero su voz.. su voz no es nada común. Demasiado perfecta para ser real, demasiado medida, pero a la vez natural. 

Helena 20 Septiembre


Procuro meditar y calmar la mente. Procuro limpiarla de todos esos mensajes banales que me bombardean del entorno. Procuro no mirar la publicidad de los carteles, la ropa y la delgadez de la modelo...No sirve de nada compararse aunque sea un vicio por costumbre de la sociedad. Procuro no pensar en Roberto, ni recordar el reportaje de fotos para Hollister que acaban de subir de él a la red social. También,  infructuosamente procuro no dar vueltas el sueño de anoche en el que Roberto me pedía salir formalmente. Sucedía en un supermercado y el no parecía él, sino su hermano mayor. En mis sueños curiosamente aparece moreno y gordo, lo cual son el opuesto a su verdadera apariencia. Me encontraba yo con mi carro junto a las  Coca-colas cuando nos topamos y  pusimos a hablar de nuestras vidas. Al final del supermercado había un absurdo banquete de boda del que nos habíamos escaqueado pasando por debajo de las mesas, como niños. Mirándome a los ojos tras intercambiar una palabras insulsas, se acercó para besarme y yo al borde de sucumbir, apartaba la cara una y otra vez, con la cintura rodeada por su brazo y le repetía: “No puedo hacer esto, no puedo.” Entonces desperté sin entenderme y dándome coraje mi reacción. Ojalá, tan solo ojalá me pidiera salir con la dulzura de ese sueño en la vida real.
Vuelvo a ponerme a escribir (táctica no demasiado acertada para meditar) mientras espero al tren de las 07:15 para ir a la Universidad, en este frió banco de metal. El amanecer de hoy es puro fuego en el horizonte, incendiando todas las nubes con un integrísimo naranja que como fondo realza el negro perfil de arboles escuálidos y desnudos de casi otoño. Los campos de naranjas y las catenarias sobre las vías, todas componen un cuadro matinal con encanto cotidiano.
Cuando luego llegue a las 08:00 a clase espero que siga allí mi sitio en quinta fila. Me gusta la gente que está entorno a ella, siempre sonríen de vuelta cuando llego diciendo “buenos días”. La fila está a la distancia óptima del profesor y también se sienta Joanna, la chica de la residencia que me cae bien. Delante está Guido con su carisma.
En la noche de la primera fiesta, aun recuerdo como durante unos instantes me buscó con su mirada y luego nos perdimos en la abastecida cola para los cubatas. Más tarde vendría el incómodo suceso en la sala de disección, y dado que nuestros acercamientos han sido tan torpes, aunque quiera ser su amiga, me intimida. No en el sentido de darme miedo, sino, simplemente de sacar mi lado tímido, que aunque camuflado, existe. Se manifiesta aparentando que no me interesa pero, constantemente tengo curiosidad. Quizás es algo de su mirada profunda. Sus genes Italianos se asoman en su gracioso pelo negro desenfadado, y su anguloso corte de cara.
Acabo de subir al metro y miro las caras de todos. ¿Qué estará rumiando el de al lado? Descarto a los que duermen con la frente vibrando contra la pared del vagón. Somos muchos de pie y la mayoría no son estudiantes universitarios sino adultos. Hay un grupo de mi edad que acaban de señalar mi gorro. No hay casi nadie que tenga arrugas de felicidad que superen a las otras en este vagón. Espero que en el vagón adyacente sí. Por lo general parece que los cocos humanos se mantienen en "modo economía" activado hasta que cobran la necesidad de encenderse. Mientras tanto, confusiones laberínticas, caos, pensamientos ordinarios, “run runes”,cotilleos a través de pantallas adictivas… ocupan el cerebro. Eso parece. ¿Quién de todos no quiere evadirse? Unos duermen, otros están abducidos buscando más información que les embote los sesos, sea por medio de hojas de apuntes o las pantallas. No hay ninguno enamorado. Ni uno. Antes, veo miedo. Supongo que la excepción a esta regla son los cinco de al lado que señalaron mi gorro. Ahora se ríen de zanahorias y de un vídeo. En fin, ya oigo la voz robótica decir: “Próxima parada Facultats”.
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