16 Septiembre - Guido

"El concierto había terminado, el Imperial Hall se había llenado, y el director de actuaciones nos invitó a todos a cenar. La cosa se alargó un poco, pero en cuanto pudimos, nos largamos.
Íbamos de camino a Pressbaum, donde teníamos a varios amigos que conocimos hace dos años en una gira por Austria. Insistieron hasta la saciedad en que nos alojáramos allí y así lo hicimos. La West Autobahn estaba siendo reformada. Conducía yo y bueno, quizá llevaba dos copas de más. Sonaba la 5ª de Mahler en el pequeño A3. Entonces sucedió todo. Al atravesar un extraño cambio de rasante contemplamos cómo se aproximaba un coche por nuestro carril a escasos 20 metros. Sentí millones de emociones asfixiándome, presionando cada uno de los poros de mi piel, cada una de las partes de mi cuerpo, intentando escapar, intentando huir para poder sobrevivir. No vi pasar mi vida ante mis ojos, simplemente la contemplé a ella, acariciando su piano, haciéndolo sonar con esa magia que me arrancaba las lágrimas. Tiré del volante todo lo fuerte que pude. Cada segundo que pasaba era una pesadilla interminable, y el choque siguió su inexorable curso. Al instante todo se apagó, para siempre.

Desperté en un hospital con mandíbula, torso, pierna y mano derecha completamente vendados. El dolor era atroz y penetrante, cuchillos clavándose hasta los huesos. Apenas podía reconocer donde estaba. Sin embargo, en cuanto aquello que parecía un perchero pisó el umbral de la puerta, el relámpago del último recuerdo de lo sucedido sacudió mi turbia mente: Estábamos atrapados. Teníamos las ensangrentadas manos fuertemente entrelazadas. Ella me sujetaba con todas sus fuerzas mi única mano, la otra había quedado destrozada. Un gran trozo de metal le atravesaba el pecho  y un hilo de sangre le resbalaba por la comisura de la boca, entreviendo una mueca de cansancio y dolor insoportable. Sus ojos estaban anegados de lágrimas y, poco a poco, sangre y lágrimas se iban fundiendo.

- Gracias Guido... -susurró al límite de la agonía y el dolor mientras su voz se iba apagando… No podía aguantar un segundo más, confiaba en mis graves heridas. La acompañaría hasta nuestro infausto destino, traspasaríamos la barrera y seríamos felices, juntos.

Una placa de metal infinita de desplomó al instante sobre mi pecho. No podía respirar, ni pensar ni moverme, estaba completamente paralizado. Y vivo.

No tengo ganas de vivir. Mi turno ha acabado. Estoy deshecho por dentro. Todo se ha ha pasado al otro mundo, todo esta ya dispuesto, aquí solo quedan cenizas, la caja de resonancia de mis pensamientos, la funda de mi ser, los restos de lo que un día fui. Cada minuto que pasa es un infierno. El dolor físico no hace sino aliviar mi desolación. El sufrimiento me envuelve y apenas puedo controlar los temblores. Me inunda, me atrapa, me persigue, los minutos se hacen horas... apenas consigo dormir, cientos de miles de cuchillos muy afilados ardiendo, clavándose en cada poro de lo poco que quedó aquí de mi ser. Allí dentro es donde duele, mientras que el dolor físico alivia. La presión en el pecho me ahoga,  me corta la respiración, apenas puedo moverme, No puedo llorar, no puedo hablar, no puedo vivir. La felicidad ha sufrido el goce de un devastador pirómano, siendo reducida a polvo, inalcanzable para mi. No hay otra opción, mañana concluiré la macabra obra de las Moiras, ganándole el juego al propio Tanatos.

Esa misma noche me contó que vendrías a visitarnos, no pudo aguantarse más la sorpresa, sabía que tramaba algo, nunca supo mentirme... No soportaría que me vieras así, no soportaría verte… hoy me escaparé del hospital y me arrojaré por el puente. Cuando leas esta carta ya estaré con ella. Muchas gracias por todo, has sido, eres y serás impresionante, siempre te he adorado y siempre te adoraré. Has sido siempre uno de mis apoyos incondicionales, pero esto me ha superado, Tanatos ha ganado la batalla, la ganó hace días.
                                                                                                                                                                              Guido Schiavone"

He soñado que escribía esta carta a mi mejor amiga Iris… Me he levantado y he escrito todo lo que he recordado. Necesitaba dejarlo plasmado rápido. Pero supongo que me habré equivocado..  Es demasiado extraño para ser cierto.. me he levantado muy sobresaltado y medio nadando en un charco de sudor.

El sueño más raro que haya recordado nunca.. Supongo que será porque hoy tengo el examen de conducir.. Analicemos: en primer lugar,  además de ser mucho mayor, unos 30 y pico, yo me dedicaba a la música, ¡justo como soñaba de pequeño! Pero eso no es lo más inquietante.. ¡Ojala!.. además aparecía ella, la misteriosa chica de la cena, la de la discoteca.. Y parece que la amaba a más no poder.. No tiene ningún sentido, supongo que anoche estaría sensiblón, y mi subconsciente hizo el resto… aún con todo, eso no es lo mejor.. ¡Además tocaba el piano! ¿De donde habré sacado todo eso? Tengo que dejar de leer tanto...

14 Septiembre 2013- Helena


(Helena)
Cuando llego a la parada del bus 81 al salir de la facultad, suele haber anochecido ya, en excepción a los viernes que acabo con el sol del medio día. La mayoría de las personas que me encuentro en la parada coinciden en hablar de sus malatías y de lo que el médico les ha recetado, porque vienen de La Quirón (el hospital de enfrente). Muchos de los casos que entreoigo me hacen contrastar con mi realidad. 
Ayer, me impactaron las palabras de un hombre de unos sesenta años, bastante consumido. Se dirigió a mí de la nada y mirándome seriamente dijo: 
-"Tengo cáncer terminal. Me han dicho que la quimio no puede salvarme...pero lo llevo bien". 
La otra señora sentada a mí lado era una mujer robusta, y contestó por mí con una pregunta rozando la impertinencia: 
-"¿Es una broma verdad?"
 Como era de suponer, el hombre contestó algo así como:
-"¿Tengo cara de estar bromeando?"
 Lo cierto es que no, sufriría demencia además de cáncer si se regocijara en humor tan negro. Yo no supe ni que, ni cómo responder a aquella confesión de un extraño en la calle. No supe si buscaba mi consuelo… no supe exactamente como se podía sentir… y sobre todo, no supe cómo no ofenderle con palabras de cría. 
Todo saliendo de mi boca habría sido un puñal más que un bálsamo si el hombre se sentía miserable, como parecía sentirse. De manera que, por prudencia y respeto me mantuve callada y mis ojos expresaron solos la compasión que sentía por él y mis mejores deseos. Me marcó ver la muerte andando tan cerca de la vida. Esperando en la misma parada de un autobús.
Ahora estoy en los diecisiete. Todo lo sana que creo que puedo estar, con mi vestido rosa "nude", en la carrera que quiero, conociendo a gente nueva encantadora. Roberto, un chico muy guapo quiere quedar para tomar algo y no se si podría llamarse “cita”. Sin embargo, cuando me encuentro con el chico de la biblioteca y de la cena por los pasillos o en clase, me olvido de cualquier otra cosa. Voy abrazando la confusión y la incertidumbre, cargada de vibraciones de colores vivos, como los castillos de fuegos artificiales.
A veces, subo a lo alto del edificio de medicina, donde hay una pequeña terraza prohibida para mirar las vistas desde allí arriba. A aquel hombre, solo podía ofrecerle el contraste, o la hipocresía de alguien joven que no sabe o piensa siquiera en la muerte, pero se atreve a aparentar que la conoce. No podía hacer más que querer bendecirle y callar. Yo era afortunada como los pétalos de una rosa recién rociada y es que, la vida ofrece momentos para todo. 
Cuando hay días felices, divertidos, despreocupados, como el color “naranja”, la balanza se compensa y todo cobra sentido. La frustración o el miedo los ensucia, tornándolos “morados” o incluso un cuadro “negro”, con las pinceladas de oleo mal mezcladas, quedando una obra de arte estropeada en una esquina, sin esperanzas de resurgimiento. Para que el cuadro no acabe arrojado en la esquina, lo que nunca hay que dejar de hacer es dejar de enamorarse de la vida, o dejar las obligaciones que hacen viable que ésta se sostenga. Dejando de amar, se encuentra la soledad y ya no se tienen días de colores. Por eso voy comprobando que cuando vivo el presente fluyendo sin más, cumpliendo con lo que cada momento conlleva sin ansiedad, todo sale bien. De ahí, sale un buen futuro, porque una casa no se empieza por el tejado. Un buen futuro no se puede conseguir sin asegurar un buen presente. “Zamora no se conquistó en una hora”, “a fuego lento sale todo mejor”, “la tortuga y la hormiguita llegaron antes”… ya se ha dicho de mil maneras. No voy a decirlo yo mejor.
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13 Septiembre - Guido

Ayer fue la primera cena de clase. Realmente no me esperaba tantísima afluencia.. La gente estaba muy motivada, con muchas ganas de conocer gente nueva. La sensación fue muy agradable, podía percibir una atmósfera de complicidad que me hacía sentir en casa. Es una sensación muy difícil de describir, pero así era, como cuando hablas con un viejo amigo después de varios años, sólo que nunca antes nos habíamos visto.

Cuando llegué ya habían varios grupitos de gente conociéndose y presentándose, asique simplemente me lancé al grupo mas cercano y comencé la ya rutinaria tanda de presentaciones. Como de costumbre, a los pocos segundos había olvidado la mayoría de los nombres… 

En el restaurante elegido (si es que se puede llamar restaurante) no tenían suficiente vajilla para afrontar la inmensa cantidad de estudiantes que irrumpían sucesivamente, asique nos encontramos con vasitos y tenedores de plástico. Inexplicablemente, tenían un excedente de cuchillos de metal, aunque casi merecía la pena que hubiesen sido de plástico... porque cortar... no cortaban. Supongo que sería para evitar asesinar al personal en caso de hambruna… sabían lo que hacían, sin duda.

Ahora que lo pienso ojala solo hubiese sido eso.. Tardaron una hora en tomar nota, y otra hora y media en traer los primeros platos, siendo, como no, el plato principal antes que el entrante. Aunque al menos teníamos barra libre de infinitos vasos de sangría. Eso sí, vacíos todos, porque a los 10 minutos de llegar, los más de 200 ávidos estudiantes que por allí pululaban ya habían absorbido todo el elixir.

Después de la cena fuimos, como no, a una fiesta privada de medicina. Tan privada tan privada, que había descuento especial  para los no-médicos. Así somos nosotros, más tontos que las piedras. Eso sí, la fiesta estaba genial, ¡y la gente parecía educada y todo! Una magnífica noche que acabó demasiado pronto.

Bueno.. esto no tiene mucha importancia pero... hubo una chica que me llamó la atención. En la cena se sentó algo lejos de mí, pero de vez en cuando notaba su mirada. Sin embargo, cuando me giraba estaba distraída, riendo junto a sus compañeros de mesa, o escuchando atentamente alguna historia. Me pareció raro, no recordaba habernos presentado, pero me sonaba su cara. Ya en la discoteca era yo el que la buscaba para presentarme. Sin embargo, cuando la vi, a lo lejos, ella me devolvió la mirada, y algo me frenó en seco. No se el qué, ni cómo.

Es muy extraño, por lo general me considero una persona extrovertida y social, pero en este caso es diferente. Creo que nunca me había pasado antes, no tiene sentido… pero bah, no tiene importancia.

Lo más gracioso de todo esto es que el jueves teníamos clase, quizá por eso la fiesta terminó demasiado pronto, a las 6  de la madrugada. Sea como fuere, mereció la pena. Esa tensión que se percibía al entrar a clase había quedado completamente despedazada, y una cálida atmósfera nos acunaba. Y nos acunaba porque todos estábamos como momias, ausentes, alelados, o simplemente dormidos. Sólo volvíamos a los neurotransmisores cuando algún que otro ronquido nos desvelaba. Y entonces era cuando el catedrático arremetía con todo su ímpetu contra las prácticas de esta índole:

“Ya veo que anoche pasasteis una dura noche en la biblioteca... ¡Menos fiestas y más libros! Esto no es historia, ni filología, ESTO ES MEDICINA! Estas navidades los reyes no os van a traer carbón… os traerán UN SUSPENSO COMO UNA CATEDRAL! ¡Así que a estudiar!”. 



Todo finura él.. Eso si, de neurotransmisores sabe un rato… o igual no… ¡Quien sabe!

11 de Septiembre- Helena


¡Tenía tantas ganas de empezar las clases! Mi prima de España me decía que el verano de “Mallorca”, el verano de los 18, (en mi caso 17), el de antes de la universidad, siempre es el verano de tu vida. Yo no fui a Mallorca como es de suponer. En Harrow School organizamos una elegante gala de graduación y cada uno se fue a hacer su camino. Durante el verano sinceramente, lo pase bien, pero no fue ni de por asomo el verano de mi vida. Hasta finales de agosto estuve esperando los resultados de las notas que se mandaron a corregir a España. Ellas determinarían si había entrado a medicina o no, y aunque salía con amigas a disfrutar de los días de verano, lo académico era en realidad mi preocupación principal.  La mitad de mis notas las tenían que corregir en el extranjero y estaban tardando. La espera se hizo eterna. A finales de agosto, cuando me dieron el “si” definitivo, salté de alegría y descansé. No habría sabido donde ir si no me hubieran aceptado. Era mi primera y única opción. Descansé y desee empezar ya con mi nueva vida.

Ahora, ya llevamos tres días de clase. La chica que apunta para delegada es muy avispada en el ámbito social, a mi parecer. Es extrovertida, simpática y organizada. Además parece tener una memoria de elefante porque ha creado grupos de Facebook y whatsapp donde meternos a todos los de clase, y ¡ya se sabe todos los nombres! Yo no soy tan extrovertida, me considero más discreta y aparentemente sosegada. Papa y mama me dijeron: “Preséntate a ellos sin temores y con naturalidad”. Ese sencillo consejo me sirve de mucho. Mi español no es un problema, de hecho, creo que la mayoría se piensan que soy Valenciana. La cuestión es que tengo demasiado temor a los prejuicios, ya que hay sitios donde no aceptan a las personas como son, y  no sé si este es uno de ellos. Creo que no. Aquí se respira un ambiente distinto. Son en definitiva personas inteligentes, con formas de ser distintas, pero a la vez parecidas entre sí. Todos empezamos más o menos de cero y todos queremos empezar con buen pie si vamos a pasar seis años juntos.

La “delegada” (y lo pongo entre comillas porque aun no lo es oficialmente, pero ya tiene la etiqueta asignada), eficazmente ha decidido organizar una cena para mañana. Jueves por la noche. Pensé que parecía una decisión rápida y precipitada, pero es mejor para irnos conociendo antes de que el grupo se fragmente en patéticos micro grupitos. Iremos a cenar a un sitio donde sirven comida a lo grande, para estudiantes, y luego iremos a una de las fiestas de medicina o del Erasmus que se hacen en una discoteca de la Avenida Blasco Ibáñez. Me hace ilusión ir. Hemos quedado a las 21:30 en la puerta de la facultad. Un punto de encuentro poco original, pero que todos al menos conocemos.



Hoy he ido a la biblioteca y me he sentado entre las estanterías del final a buscar libros que puedan estar relacionados con las clases. Damos mucha información de golpe e impone. Hay que empezar a buscar material de estudio como apuntes etc. Aunque realmente, no estaba allí solo por los libros, sino para resguardarme. Tengo mucho miedo a estar sola, y para huir de esa sensación, absurdamente, la busco, ocultándome. Mientras me escondía tras un Atlas de Anatomía, pasó por la derecha un chico de clase y se chocaron las miradas. Yo parecería un cervatillo asustado porque en ese momento necesitaba no encontrarme con nadie. Nos dijimos “hola” y nada más. El se puso a mirar libros también en la siguiente estantería. No parecía frio, ni difícil de tratar, y podría haberme presentado sin más, pero en ese momento yo no estaba entera. Antes de que el levantara la mirada del libro que había bajado, yo ya había huido. 

10 de Septiembre- Helena

(Helena)


Hace mucho tiempo que no bailo. Hará ya dos años que tuve que dejarlo para centrarme en los estudios. Fue justo después de las Navidades en las que bailé en el West End, en colaboración con una compañía profesional. Con la fría humedad matinal, me ponía mis trapos y calentadores, me hacía el moño en los camerinos y bajaba a las clases en el escenario. Entre los altos bastidores negros, poleas, y focos, era feliz. Entre ellos siempre me he sentido en casa. Esas Navidades sirvieron también para enamorarme más de un bailarín de clase al que yo, por ser tan tímida e insegura entonces, jamás me declaré. Recuerdo la noche de la última función. Absorbí por cada poro la bendición de los aplausos del público, el rugido de un sueño vuelto realidad, mientras caían globos y estrellas que formaban parte del decorado desde lo alto. Por última vez, vi unas cortinas rojas cerrar mientras saludábamos, y supe que sería duro dejarlo. Lo supe mientras sentía una bella tristeza embriagar mi pecho. Aquella noche, perdí silenciosamente dos de las cosas que más amaba; a ese chico y al ballet.


Por el recuerdo que traería, no podría volver a entrar en la misma discoteca a la que fuimos de fiesta esa noche. Estuve todo el rato calibrando cómo declararme con toda la inocencia del mundo, mientras ignoraba a los Italianos guapos que querían bailar conmigo. Pasadas las doce, vi como una de las bailarinas se le acercó y sin más reparos se besaron. En shock,  quise huir de aquella guarida de víboras, y sencillamente, me evaporé. Nadie tuvo el detalle de despedirse o percatarse de que no volverían a verme. Cuando me recogieron mis padres dije con naturalidad que había sido una buena noche y me propuse no llorar, pero al día siguiente, no pude parar.
Dicen que la perfección no existe pero el ballet te hace buscarla. Dicen que lo que es natural es más bello, pero la exactitud de la técnica del ballet no es natural, y aun así mantiene la gracia y debe ser por algo ajeno a mera técnica. Debe ser que lo que siente el artista da alma a esos movimientos. Gracias a que ondean sobre la música; el lenguaje más sensible y sublime que se ha creado. Consiguen combinar casi opuestos con su cuerpo; delicadeza y fuerza. Las líneas son desafiantes al rozar casi la perfección del movimiento, siendo antinaturales, pero bellas y dulces. Son constante composición estética en el espacio, como humo de colores. Como todo arte y su técnica. Los artistas se condenan a expresarse a través de ella.

Por más que me esforzaba, no era suficiente para su exigencia. Quizás distorsionó el valor que doy a la belleza. También distorsionó la necesidad de buscar retos que suplantaran el que ella suponía, o marcó la tendencia a poetizar cada minucia que se cruza en mi camino.

Mi madre decía que cuando me despertaba antes que los demás, cantaba en la cuna. Pensó en apuntarme a música pero acabé en la academia de ballet del pueblo. Tendría casi cuatro años pero recuerdo vivamente el momento en que, pasando por delante de la verja blanca de la academia, mi madre me preguntó; “¿hija, te gustaría bailar aquí?”. Yo sentía indiferencia, pero me apuntó con el resto de nenas de la escuela de parvulario. Esto fue durante los años en España antes de irnos a Inglaterra claro. Dos o tres años antes. En Londres, con nueve años hice audición para una academia de la Royal, y compaginé eso con el colegio.



Pero fue de aquella humilde academia de pueblo de donde nacieron las primeras posturas que hacía que me pasara el día soñando despierta. Despertaba ilusionada por ponerme mi falda de tul lila, un lazo en el pelo para sujetar el moño, las zapatillas, y preparaba todo para la gran función de ballet en la salita (incluidas las papeletas de entradas) que preparaba para mis padres a la noche. Ponía la música clásica seleccionada y reservaba para la pieza número siete la del "lago de los cisnes" de Tchaikovski que destaca como mi favorita. Me encantaba el olor a piel de las zapatillas y deseaba llevar las puntas de raso algún día como las mayores. Sin la danza hace tiempo que no siento el mismo cuerpo, la misma felicidad etérea, la misma fuerza delicada. Hubo un año por medio de vacío y muchas horas muertas. Para tener un sitio donde bailar me quedaba en secreto algunas noches en el gimnasio de Harrow School intentando llenar ese hueco que faltaba en mi rutina. Sola frente al espejo. Recuerdo aquella tarde en que tenía todo ese espacio para mí y bailaba, pero no veía la perfección en las líneas, y mientras me frustraba, fuera llovía tormenta. Acabé sentándome en una esquina, me quite las puntas de raso, y me sequé la poca sangre de las llagas. Desde las lágrimas de esa tarde no me atrevo a volver a calzarlas y desde entonces asumo que mis piernas no valen lo mismo.

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"No hay belleza en el mundo que no duela." (Pablo Colin)

"Todo cambia y nada permanece. Y no habría belleza, ni danza, ni movimiento si las estaciones no alborotaran los colores y el follaje de los arboles no se desprendiera amarillo en el atardecer." (Giocondra Belli)

10 Septiembre - Guido



La verdad, dejé asuntos pendientes en la última página.. ¿Cómo quedé en el concurso? ¿Quién era esa chica en la que pensaba para expresar mis sentimientos?
En el concierto quedé tercero; éramos 7, pero poco importa. El auténtico premio es poder  comprobar por ti mismo que el esfuerzo se ve materializado, creando una conexión entre tú y el publico a través, únicamente, de tu música. Esa es la verdadera meta del músico, establecer una comunicación de sensaciones y sentimientos a lo largo de toda la obra, tal y como diseñó el compositor. Una vez conseguido esto, podremos disfrutar realmente de la música. Sin esa conexión, la música muere;  porque la música no es sino una lengua, la más perfecta que jamás haya existido, la que todos entienden, el idioma del odio y tensión, la lengua del amor.

En cuanto a la chica.. La conocí hace un tiempo, me enamoré demasiado rápido, y cuando quise darme cuenta ya era demasiado tarde. Ya hacía tiempo que había decido estudiar su carrera en Nápoles, su ciudad natal, asique justo después de acabar el curso decidimos dejarlo. No pasamos demasiado tiempo juntos, pero lo poco que compartimos fue genial. Aunque... quizá sobrevaloramos las cosas que duran poco... o quizá los suspiros efímeros de felicidad sean oro. ¿Acaso aquello que conlleva mucho tiempo no esta compuesto, en ultima instancia, de pequeños y efímeros episodios? Quizá la clave sea deleitarse a cada momento, olvidándose de todo, centrándose únicamente en aquello que se está realizando, en aquello que se está sintiendo.


En cuanto a las clases, por ahora todo genial, he conocido ya a bastante gente. Estoy muy emocionado, nunca pensé que existiera tanta gente parecida a mi pero a la vez tan genialmente diferente. Aún con todo, la verdad es que voy muy perdido, todos lo estamos… nadie sabe como estudiar: unos dicen que apuntes de otros años, otros opinan que diapositivas y manual, los más valientes ya han creado una comisión, y yo creo que buscaré una soga y un yunque.

9 Septiembre - Helena

(Helena)


He llegado a Valencia y ¿cómo no?, hacía sol espléndido a pesar de algo de humedad característica levantina. La residencia está a cinco minutos de la facultad y llena de novatos hablando de los veteranos y las probables novatadas. Cuando llegué a mi nuevo cuarto, soso, y apagado, deshice mi maleta y conocí a Joanna, la compañera de habitación que también irá a mi clase de medicina, y Pablo su ex. En el avión me dio por escribir otra vez, porque es automático; cojo un tren, un avión, un bus y me dan ganas de escribir aunque sea en las notas del Iphone. Es preferible, así la gente se piensa que estás como todo el mundo en el whatts y evitas que en el andén, el de al lado te mire raro o intente leer lo que escribes misteriosamente en una libreta. Intentaba ver por la ventanilla opaca y ovalada del avión pero al ser infructífero, inquieta, busqué primero un boli y papel pero el bolso era un pozo sin fondo y acabé optando por el "notes" del iPhone…


…”Con quince años te piden saber lo que quieres hacer con tu vida y pocos lo saben. Una de las principales y más importantes enseñanzas que se me han transmitido, es que crea en mis sueños. Hasta los diez años no entendí lo que quería decir y creo que nunca lo entenderé al 100%. Me acostaba intentando descifrar el sentido. Con solo cinco años pensaba que se refería a creer en los sueños que se tienen por la noche. Por eso, y por parecerme a la bella durmiente, forzaba el sueño hasta las doce del mediodía los sábados. Así crecía más centímetros y soñaba más en lo que poder "creer". Sería más alta y tendría más fe todo a una, solo con dormir.  Pasaron diez años y más o menos entendí el verdadero significado. Sin embargo, a los quince como he dicho, aun no sabía cuál de todos era "mi sueño". Me gustaba aprender, leer, las ciencias, la música, el baile, las letras...y no había cosa que me desinteresara. Sigue el bordado que hizo mi madre en mi tierna infancia enmarcado y colgado en mi habitación. Pone "Believe in your dreams". Dos angelitos de escayola pintada a mano con delicadeza por mi padre, amparan cada esquina superior del marco de este. Así...con paredes rosas y una frase inspiradora como tal, angelitos y una ventana arqueada... Así, con ese aire de dulce inocencia lleva el cuarto desde aquellos días, hasta día de hoy, que con diez y siete años lo dejo atrás en Lóndres. Volveré para navidad aunque tenga exámenes en enero.


Me despedí de mama y papa en la estación. Subí al avión y veía como mi madre lloraba, y mi padre tenía los ojos caídos. A veces se deciden cosas sin saber muy bien el porqué, pero tenían que ser. Por intuición. A veces hay que cerrar una puerta para abrir otras. Personas pragmáticas dicen que todo no se puede tener y que por eso hay que ponerse límites, escoger una sola meta. Otras que todo cuanto uno se propone es posible. Ante todo, creo que "no hay mal que por bien no venga", (como dice mi abuela). Luego, en ciertas ocasiones de retrospección me pregunto... ¿qué habría pasado si? Pero confió en que fué la mejor alternativa y no me arrepiento. 


Voy a estudiar los próximos años en la misma avenida en la que estudió mi madre, por lo que hoy para ambientarme, he recorrido sus jardines, disfrutando del paseo. Vamos trazando esa red de caminos que unos llaman destino. Si existe el susodicho o no, no estoy segura pero estoy empezando a tomar el rumbo de mi juventud. Trazando lineas libres. No tengo motivos para estar triste.”


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9 Septiembre - Guido

Como contaba, hoy ha sido el primer día de clase.. Somos 80 en clase, y no conozco a nadie. Al acabar mis tres primeras clases de medicina, nos hemos presentado, pero solo unos pocos, aún me queda muchísima gente por conocer...

Las clases de hoy consistían en unas majestuosas  y bien ensayadas presentaciones de los profesores, mostrándonos, cada uno de ellos, la suma importancia de su asignatura y por qué es a la que más tiempo deberemos dedicarle..

Con todo, por la tarde no podía parar de pensar en el concierto del pasado viernes: Premios de Honor del último curso. En otras palabras, el concierto más importante de mi vida. En estos conciertos se elige al mejor músico del conservatorio, premiándolo con la matrícula y muchas cosas más. Aunque no es lo realmente importante, la verdadera recompensa es poder comprobar tú mismo que el inmenso esfuerzo invertido tiene auténticos frutos.

Estaba intentando calmarme, tampoco era para tanto, llevaba haciendo conciertos toda  mi vida y jamás me había puesto tan tremendamente nervioso.
La pianista no va a llegar, la pianista no va a llegar – me repetía una y otra vez mientras alternaba dando círculos y sentándome en una mesa cercana.
Ya basta!!! – Grité mentalmente. Me senté en la mesa y empecé a soplar lentamente por el tudel de mi trompeta mientras intentaba recordar la última cadencia.  Muy poco a poco noté como el corazón se deceleraba, pero no era suficiente.. Faltaban dos y salía.. La pianista sin dar signos de vida..
Salí acariciado por el rugido de aplausos que precedieron a mi humilde presentación, decidido a interpretar la obra con o sin pianista. Para mi sorpresa, una sombra se movió entre el público y en unos segundos apareció en escena la susodicha con su típica sonrisa triunfal en la cara. Tal sobresalto me llevé que cuando quería remediarlo, todas las hojas se deslizaban por el escenario. En este momento ya me había ganado al público.. aunque de un modo peculiar.

Una vez estabilizada la extraña situación, me concentre en mi propósito.  La jugarreta de las hojas me iba a salir muy cara, el jurado me penalizaría. Además, no sabía si había calentado suficiente, y la sordina a veces vibraba… Cuando llevas tantos años conviviendo con el escenario, conoces de primera mano esos miedos y dudas que surgen justo antes de comenzar. Yo simplemente los abracé. Me acompañaban, estarían junto a mi mientras poco a poco los iba destruyendo con mi música.
Entonces hice la señal y el piano rugió con todo su poderío. Segundos después, disparé las primeras ocho notas, las cuales eran sin duda, las más importantes de toda mi vida. Cerré los ojos para poder contemplar la música y, una a una, empecé a lanzar las cadencias del primer tiempo de mi predilecto entre contemporáneos.

Cuando llegó el Maestoso Expressivo simplemente tuve que pensar en ella. Las notas se deslizaban solas por los labios, dedos y metal, como gotas de rocío en una mañana de otoño. Entonces fue cuando empezó lo bueno. Después del muy necesario descanso en el que el piano subía y bajaba endiablado, gritando acordes que ni siquiera yo comprendía,  se produjo un parón inesperado, casi grotesco.
Inminentemente llegaba la cadencia final. Comencé a desgranar una a una las notas que quedaban, cogiendo velocidad poco a poco. La tensión iba en aumento, las gotas de sudor caían por la frente, mi dura expresión no cambiaba y mi cuerpo se empezaba a encorvar hacia atrás, el público estaba ya casi levantado, era algo anómalo.  Y las notas seguían a lo suyo, haciendo recovecos y virajes inesperados, susurradas al principio y  ahora exclamadas  con potente y clara voz. Era la locura intentando escapar del manicomio. Algo imposible! Y la velocidad seguía subiendo. La tensión era máxima. Entonces… Silencio. La gente no sabía si comerse un sillón o tirarse de los pelos. Seguía con los ojos cerrados. Inesperadamente, la señal llegó al pianista y se desató una un torbellino final con explosiones de notas y acordes, liberándose en unos pocos segundos toda esa tensión acumulada y llevando a todos los oyentes al puro éxtasis. Los espectadores consiguieron respirar al fin  y antes de que acabara la gran nota final un espectacular rugido de aplausos llenó completamente el gran auditorio. Únicamente por esa sensación que casi podía tangir merecía la pena. Completamente espectacular…  Abrí los ojos. Ríos de adrenalina corrían por mi cuerpo. Estaba exhausto, afónico y mareado, pero feliz. No sabía siquiera si conseguiría salir de ahí por mis propias piernas: todo me daba vueltas y el cansancio era extremo. El corazón seguía a lo suyo, creyendo que iba a ganar la olimpiada de los 100 lisos. Asique abracé a la pianista y saludamos al público, otra vez. No había ninguna prisa.


Esa noche fue fantástica. Uno de mis viejos amigos cumplía años y me esperaba la ya tradicional cena. Estas cenas son más bien una amalgama  entre risas y experiencias que pueden alargarse tanto como de tiempo dispongamos. En estas cenas abarcamos desde el sexo hasta otros temas tan triviales como el curioso desayuno del loco del compañero de piso de Clara. Este salteado de risas siempre acaba con todas y cada una de mis preocupaciones, es sencillamente fantástico. A mi parecer, estas veladas son un acontecimiento fundamental y necesario, a la vez de sencillo e improvisado que completa toda vida feliz.