13 Septiembre - Guido

Ayer fue la primera cena de clase. Realmente no me esperaba tantísima afluencia.. La gente estaba muy motivada, con muchas ganas de conocer gente nueva. La sensación fue muy agradable, podía percibir una atmósfera de complicidad que me hacía sentir en casa. Es una sensación muy difícil de describir, pero así era, como cuando hablas con un viejo amigo después de varios años, sólo que nunca antes nos habíamos visto.

Cuando llegué ya habían varios grupitos de gente conociéndose y presentándose, asique simplemente me lancé al grupo mas cercano y comencé la ya rutinaria tanda de presentaciones. Como de costumbre, a los pocos segundos había olvidado la mayoría de los nombres… 

En el restaurante elegido (si es que se puede llamar restaurante) no tenían suficiente vajilla para afrontar la inmensa cantidad de estudiantes que irrumpían sucesivamente, asique nos encontramos con vasitos y tenedores de plástico. Inexplicablemente, tenían un excedente de cuchillos de metal, aunque casi merecía la pena que hubiesen sido de plástico... porque cortar... no cortaban. Supongo que sería para evitar asesinar al personal en caso de hambruna… sabían lo que hacían, sin duda.

Ahora que lo pienso ojala solo hubiese sido eso.. Tardaron una hora en tomar nota, y otra hora y media en traer los primeros platos, siendo, como no, el plato principal antes que el entrante. Aunque al menos teníamos barra libre de infinitos vasos de sangría. Eso sí, vacíos todos, porque a los 10 minutos de llegar, los más de 200 ávidos estudiantes que por allí pululaban ya habían absorbido todo el elixir.

Después de la cena fuimos, como no, a una fiesta privada de medicina. Tan privada tan privada, que había descuento especial  para los no-médicos. Así somos nosotros, más tontos que las piedras. Eso sí, la fiesta estaba genial, ¡y la gente parecía educada y todo! Una magnífica noche que acabó demasiado pronto.

Bueno.. esto no tiene mucha importancia pero... hubo una chica que me llamó la atención. En la cena se sentó algo lejos de mí, pero de vez en cuando notaba su mirada. Sin embargo, cuando me giraba estaba distraída, riendo junto a sus compañeros de mesa, o escuchando atentamente alguna historia. Me pareció raro, no recordaba habernos presentado, pero me sonaba su cara. Ya en la discoteca era yo el que la buscaba para presentarme. Sin embargo, cuando la vi, a lo lejos, ella me devolvió la mirada, y algo me frenó en seco. No se el qué, ni cómo.

Es muy extraño, por lo general me considero una persona extrovertida y social, pero en este caso es diferente. Creo que nunca me había pasado antes, no tiene sentido… pero bah, no tiene importancia.

Lo más gracioso de todo esto es que el jueves teníamos clase, quizá por eso la fiesta terminó demasiado pronto, a las 6  de la madrugada. Sea como fuere, mereció la pena. Esa tensión que se percibía al entrar a clase había quedado completamente despedazada, y una cálida atmósfera nos acunaba. Y nos acunaba porque todos estábamos como momias, ausentes, alelados, o simplemente dormidos. Sólo volvíamos a los neurotransmisores cuando algún que otro ronquido nos desvelaba. Y entonces era cuando el catedrático arremetía con todo su ímpetu contra las prácticas de esta índole:

“Ya veo que anoche pasasteis una dura noche en la biblioteca... ¡Menos fiestas y más libros! Esto no es historia, ni filología, ESTO ES MEDICINA! Estas navidades los reyes no os van a traer carbón… os traerán UN SUSPENSO COMO UNA CATEDRAL! ¡Así que a estudiar!”. 



Todo finura él.. Eso si, de neurotransmisores sabe un rato… o igual no… ¡Quien sabe!

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