Helena 20 Septiembre


Procuro meditar y calmar la mente. Procuro limpiarla de todos esos mensajes banales que me bombardean del entorno. Procuro no mirar la publicidad de los carteles, la ropa y la delgadez de la modelo...No sirve de nada compararse aunque sea un vicio por costumbre de la sociedad. Procuro no pensar en Roberto, ni recordar el reportaje de fotos para Hollister que acaban de subir de él a la red social. También,  infructuosamente procuro no dar vueltas el sueño de anoche en el que Roberto me pedía salir formalmente. Sucedía en un supermercado y el no parecía él, sino su hermano mayor. En mis sueños curiosamente aparece moreno y gordo, lo cual son el opuesto a su verdadera apariencia. Me encontraba yo con mi carro junto a las  Coca-colas cuando nos topamos y  pusimos a hablar de nuestras vidas. Al final del supermercado había un absurdo banquete de boda del que nos habíamos escaqueado pasando por debajo de las mesas, como niños. Mirándome a los ojos tras intercambiar una palabras insulsas, se acercó para besarme y yo al borde de sucumbir, apartaba la cara una y otra vez, con la cintura rodeada por su brazo y le repetía: “No puedo hacer esto, no puedo.” Entonces desperté sin entenderme y dándome coraje mi reacción. Ojalá, tan solo ojalá me pidiera salir con la dulzura de ese sueño en la vida real.
Vuelvo a ponerme a escribir (táctica no demasiado acertada para meditar) mientras espero al tren de las 07:15 para ir a la Universidad, en este frió banco de metal. El amanecer de hoy es puro fuego en el horizonte, incendiando todas las nubes con un integrísimo naranja que como fondo realza el negro perfil de arboles escuálidos y desnudos de casi otoño. Los campos de naranjas y las catenarias sobre las vías, todas componen un cuadro matinal con encanto cotidiano.
Cuando luego llegue a las 08:00 a clase espero que siga allí mi sitio en quinta fila. Me gusta la gente que está entorno a ella, siempre sonríen de vuelta cuando llego diciendo “buenos días”. La fila está a la distancia óptima del profesor y también se sienta Joanna, la chica de la residencia que me cae bien. Delante está Guido con su carisma.
En la noche de la primera fiesta, aun recuerdo como durante unos instantes me buscó con su mirada y luego nos perdimos en la abastecida cola para los cubatas. Más tarde vendría el incómodo suceso en la sala de disección, y dado que nuestros acercamientos han sido tan torpes, aunque quiera ser su amiga, me intimida. No en el sentido de darme miedo, sino, simplemente de sacar mi lado tímido, que aunque camuflado, existe. Se manifiesta aparentando que no me interesa pero, constantemente tengo curiosidad. Quizás es algo de su mirada profunda. Sus genes Italianos se asoman en su gracioso pelo negro desenfadado, y su anguloso corte de cara.
Acabo de subir al metro y miro las caras de todos. ¿Qué estará rumiando el de al lado? Descarto a los que duermen con la frente vibrando contra la pared del vagón. Somos muchos de pie y la mayoría no son estudiantes universitarios sino adultos. Hay un grupo de mi edad que acaban de señalar mi gorro. No hay casi nadie que tenga arrugas de felicidad que superen a las otras en este vagón. Espero que en el vagón adyacente sí. Por lo general parece que los cocos humanos se mantienen en "modo economía" activado hasta que cobran la necesidad de encenderse. Mientras tanto, confusiones laberínticas, caos, pensamientos ordinarios, “run runes”,cotilleos a través de pantallas adictivas… ocupan el cerebro. Eso parece. ¿Quién de todos no quiere evadirse? Unos duermen, otros están abducidos buscando más información que les embote los sesos, sea por medio de hojas de apuntes o las pantallas. No hay ninguno enamorado. Ni uno. Antes, veo miedo. Supongo que la excepción a esta regla son los cinco de al lado que señalaron mi gorro. Ahora se ríen de zanahorias y de un vídeo. En fin, ya oigo la voz robótica decir: “Próxima parada Facultats”.
Enviado desde mi iPhone.

20 Septiembre - Guido

Un día tras otro, en el tren la gente habla del tesoro más ansiado por los españoles: el trabajo. Entre el barullo que se forma, a mi derecha puedo llegar a distinguir una duce anciana haciendo punto. Probablemente alguna bufanda para sus nieto. Ojala todos fueran tan ruidosos como ella. Yo como de costumbre, me he sentado en el asiento junto a la salida de la calefacción. Y la gente sigue hablando de trabajo. Unos a otros se cuentan sus malas experiencias y sus terribles batallas, batallas con sus empresas y jefes. Unos cuentan cómo perdieron el trabajo, otros, más jóvenes, se lamentan de la situación, y apuestan por un futuro mejor. Pero es inevitable no advertir su frustración silenciada.  Sólo unos cuantos se regocijan de su querido puesto. Yo simplemente prefiero no pensar. En cuanto acabe la cerrera huiré de esta jaula, huiré de la mejor fábrica de jóvenes emprendedores. Al menos ese es el plan, después hay que tener el valor suficiente para llevarlo a cabo.

Dejarlo todo y decidir emigrar a otro país es inimaginablemente duro, pero parece ser necesario para no ser explotado o simplemente para poder ejercer en lo que tú realmente amas. Dejar a tus padres, amigos, perro, ardilla, compañeros, casa, y país por intentar conseguir un trabajo digno. No parece justo para nadie. Pero así lo ha querido la panda de simios descerebrados que han venido gobernando el país durante casi toda la historia de España.

Mi abuelo Pancrazio ya lo hizo cuando era joven. En 1919 conoció a una  española que se alojaba en Italia estudiando arte con uno de los mejores pintores vanguardistas del momento.

Mientras ella pintaba un precioso cuadro en el Jardín de Villa Lante, él paseaba distraído. Estaba en el césped, sentada frente a su fiel caballete bajo la fresca sombra de un árbol de la parte alta del parque, dando los últimos retoques a su boceto expresionista. Para cuando Pancrazio se fijó, ella ya estaba recogiendo todo su instrumental. Había comenzado a alejarse cuando  Pancrazio reparó en que algo brillaba en el césped. Elisa había olvidado un tuvo de pintura, pero ya estaba a punto de atravesar los muros del jardín. Mi por aquel entonces joven abuelo, echó a correr para alcanzarla. Cuando consiguió acercarse, ella ya estaba subiendo a un elegante coche negro que la esperaba. La pobre artista gritó de terror cuando aquel extraño individuo, completamente sofocado y con los ojos desorbitados se acercó ella a toda velocidad. Entonces distinguió su el rojo cianuro entre los nerviosos dedos del joven asaltante. Simplemente le dio las gracias y se metió al vehículo, dedicándole una graciosa sonrisa.

Elisa había recorrido los 105 km que separan a Roma de Bagnaia sólo para poder tomar notas y bocetos de aquel maravilloso jardín. No en tanto como mi abuelo, que vivía allí, junto con su padre y sus hermanos, y siempre que podía, se escapaba del taller de su padre para pasear por el grandioso jardín,  intentando evadirse de todos los problemas que le envolvían.

A partir de ese momento, inexplicablemente, él no se podía quitar de la cabeza a aquella asustadiza muchacha. Desde entonces siempre que la ocasión se le presentaba, iba a Roma, visitando a hurtadillas todas las escuelas de arte que el tiempo y el dinero le permitían.

No volvería a ver a aquella mujer hasta 4 meses después, en una ajetreada calle de Roma. Mientras Pancrazio buscaba herramientas en una tienda de recambios, vio pasar por la calle a la pintora, con un vestido blanco hielo y un sombrero de ala ancha con un lazo azul. Su pelo hacía infinitos tirabuzones, como las repetitivas e infructuosas visitas de Pancrazio a los talleres de arte. Él salió de la tienda y la siguió hasta alcanzarla, esta vez sin prisas. Cuando lo consiguió, las palabras no venían. Ella se acordaba de él, pero lo negaba. Sin embargo, mi abuelo no se dio por vencido y la acompañó por las intrincadas callejuelas de Roma, intentando establecer una conversación. Ella era muy culta y le encantaba hablar de muchos temas interesantes, mientras que él lo único interesante que conocía eran los pequeños detalles de su no muy refinada ebanistería. En poco tiempo quedaron terriblemente enamorados, y él la siguió hasta España, intentando huir de la postguerra y del malestar. Sin mucho éxito por cierto, ya que la guerra del Rif en España estaba pasando factura, y una fuerte crisis azotaba el país.

A los pocos meses de llegar, mientras paseaba intentando inspirarse, se vio envuelta en un inesperado tiroteo fruto del naciente pistolerismo. Mientras huía aterrorizada, una bala perdida atravesó su cráneo, extinguiendo su vida y su talento para siempre. 

Mi abuelo, desgarrado por el dolor, se volvió anarquista e intentó vengar su muerte, pero pronto comprendió que de nada serviría. Pasados unos años, conoció a una preciosa mujer, mi abuela, con la que fue feliz al fin. Sin embargo, en lo más hondo de su corazón estoy seguro de que aún reservaba un rinconcito para su primer y predilecto amor. Una noche cualquiera, y sin previo aviso, Pancrazio durmió eternamente, reuniéndose de nuevo con la joven Elisa.

Después de recordar esta preciosa historia, sólo quiero llegar a casa, poner un poco de Chill Out y dejar que el sofá me arrope.

18 Septiembre - Guido


Cuando le conté a Iris el sueño se quedó helada, pero creo que no le dio mucha importancia. Por lo menos tengo una buena noticia... ¡¡ HE APROBADO !!! Aunque con tres valerianas encima... No puedo esperar a que me den el carnet, necesito conducir ¡YA!

Esta mañana al mirar el iPad, ya de camino al coche, he leído un correo urgente del profesor Pelayo, enviado anoche a la 1 de la madrugada:

CAMBIO TUTORÍAS URGENTE

Siento mucho avisaros de esta manera, y en castellano, pero tengo que expresarme bien.. A lo que iba, se adelanta vuestra tutoría del miembro inferior a mañana, o sea hoy, a las 10h, 2 horas antes de la práctica, donde nos volveremos a ver. Me ha surgido un problema y no puede ser de otro modo. 
Un saludo.

En cuanto lo leí eché a correr como un condenado hacia la puerta de casa, fundiendo el timbre para luego notar que llevaba las llaves en la mano. Una vez que encontré el maldito kit de disección, huí velozmente hacia el coche de nuevo, donde mi primo Ferrucci estaba ya echando chispas. Para colmo, mientras recorríamos los pocos kilómetros que nos separaban de la ciudad, reparé en que mi móvil se había quedado encima de la mesa, justo enfrente de la estantería en la que guardaba el kit.

De este modo, incomunicado y sin poder recordar con quien tenía exactamente el grupo tutorizado,  a las diez menos cinco bajé las antiguas y desgastadas escalinatas que conducían hacia la sala de disecciones. Cuando llegué, la puerta estaba entreabierta, y la chillona vocecilla de Pelayo ya se distinguía entre el murmullo de los alumnos, arreglándoselas para que todas sus pertenencias cupieran en las diminutas taquillas.

En cuanto Pelayo dio por finalizada la sesión, mis tres compañeros, ávidos de aire fresco, huyeron de la sala, intentando respirar antes de volver al meollo. 
Mientras Pelayo me volvía a explicar la articulación de la rodilla, apareció la chica de la que hablé. Cuando me percaté de su presencia, ella estaba intentando abrir la puerta de la sala de maquetas a través de una especie de baile indígena, un ritual que nunca había tenido el placer de ver en directo.. mochila arriba, mochila abajo, giro, otro giro mas, voltereta hacia atrás… ¡Que arte más peculiar! Aun con todo, recordé la extraña sensación de la otra vez y me empezaron a sudar las manos… En ese momento, Pelayo, obcecado en explicarme de nuevo la articulación de la rodilla, me pidió que por favor trajera una tibia de la sala de maquetas… Medio obligado por el mandato, medio obligado por la curiosidad, pero con un inexplicable miedo, decidí presentarme a la bailarina multicultural. Aquella estancia rezumaba un agrio olor a barniz mezclado con formol, creando, junto a la tenue luz, una lúgubre atmósfera. El contenido de la sala tampoco ayudaba: largas tiras de estanterías a ambos lados repletas de cajones transparentes rebosantes de huesos humanos. Cada cajón llevaba una meticulosa etiqueta anunciado su contenido. Al final de la sala se podía entrever la figura de la misteriosa chica moviéndose de aquí para ya. Por suerte, justo al cruzar el umbral del portón, divisé una caja trasparente con la perfecta etiqueta de “miembro inferior nº 42”. Como, inevitablemente, no me había estudiado la tutoría y yo de tibias poco, cogí la caja entera. Caja en mano, decidí presentarme.

Era realmente guapa, con nariz puntiaguda y pelo negro como la más fría noche de invierno, igual que sus ojos. En cuanto su voz, era dulce pero susurrada. Eso si, una especie de sábana “blanca” le cubría el cuerpo. Después de intentar darnos los reglamentarios dos besos sin mucho éxito, pues la caja abultaba, ella me comentó, a modo de explicación innecesaria, que había olvidado la bata pero  que ninguna le venía bien. Sin más tardanza, nos dispusimos a salir del siniestro almacén.

Mientras cruzábamos el portón a toda prisa, Helena desapareció de golpe. Un instante después, noté como una mano me agarraba el antebrazo como si de un arpón se tratase. En ese momento me giré y contemplé a Helena y a su rebelde pañuelo luchando, cual guerrero en Troya, por no caer al suelo estrepitosamente. El maldito desertor había quedado enganchado en uno de los pestillos de la puerta, tirando del cuello de su dueña a traición. Mientras el inexorable trámite de la gravedad acaecía, yo empecé a caer también de tal agarrón, con la mala pata de que con el embrollo de piernas y brazos que llevábamos, una pierna suya apareció y chutó mi querida caja de tibia y derivados. Al instante, una lluvia de huesos empezó a sucederse a nuestro alrededor. Mientras el profesor Pelayo corría hacia nosotros con las manos en la cabeza, el resto de la clase había empezado a entrar a la sala, listos para su segunda práctica de anatomía.


Cuando lo conseguimos recoger todo y las risas cesaron, y después de otra lluvia de disculpas indiscriminadas susurradas con una casi temblorosa voz, Helena se  escabulló hasta alcanzar el subgrupo mas alejado de los ya inexistentes charcos de huesos. Ese día no hubieron más miradas, simplemente nos repelíamos, como dos polos positivos de grandes imanes.

Helena 18 Septiembre




No quiero hablar del vergonzoso suceso de hoy. Mejor lo dejo al margen. A veces exhibo tales episodios de torpeza y despiste que no me explico como puede la misma cabecita conseguir centrarse en otras situaciones.

Cojí el ala norte del edificio para ir hacia la sala de disección de cadáveres en el semi-sótano. Aun desacostumbrada al horario, me olvidé la bata en la residencia y hoy tocaba la segunda práctica de anatomía del primer cuatrimestre. Somos los bebes de la facultad, las amebas, que gatean por los pasillos sin mapa. Afortunadamente para mi, una chica de tercero me informo de que, si llegaba antes, había una pequeña sala de maquetas (al final de la mismísima sala de disección) donde guardaban batas para prestar.



Conforme bajaba las escaleras de piedra hacia el semi sótano, la luz natural me iba abandonando a merced de únicamente artificiales y frías bombillas fluorescentes.  Un desagradable olor a formol más una humedad pegajosa (procedente seguramente del almacén de cuerpos), se apelmazaba en el aire. Andaba desorientada, intentando recordar el camino, cuando topé con la indicación de la pared que me proponía seguir el pasillo de la derecha hasta el fondo. Una flecha roja. Una vez llegada a la puerta de la sala, di unos golpes con los nudillos sobre ella. Disfruté de una larga y solitaria espera a que me abrieran, mientras me sorprendía la aparición intermitente de trabajadores que desfilaban con monos verdes de plástico y guantes de quirófano por el angosto pasillo. Serian los encargados de los cadáveres, pero sus vestimentas me recordaban a los de la pescadería del supermercado.  Dicen que hace tiempo, los encargados de estas labores eran hombres mayores jorobados...personajes marginadados...pero me abrió una mujer pelirroja de unos treinta años. Ella tenía tenía algo en la mirada descolocado y desconcertante, pero no lo suficiente como para que me replanteara si había tocado a la puerta del loquero. 
Dentro de la sala había un bajo relieve con Jesucristo en la cruz, y aferrándose desesperadamente a sus piernas, siete cadáveres intentando trepar. Esqueléticos, como las almas del lago de la muerte de Hades, intentando huir del vacío. En forma arqueada sobre Cristo se veía escrito en latín: " Este es el lugar donde los muertos se alegran de ayudar a los vivos".
Tras ésta momentánea pausa contemplando el relieve en piedra nada más entrar, me percaté que de que al final de la sala, hacia donde yo había de dirigirme, estaba el chico de la cena.
Seguramente acababa de tener grupo tutorizado con el Dr. Pelayo y se había quedado el último para plantearle alguna duda.  

El chico de clase escuchaba atento a la explicación de Pelayo cuando pasé discretamente por su lado. Me volví a topar con otra puerta cerrada (la de la sala de maquetas), por lo que tuve que esperar a que volviera a aparecer la mujer de los ojos extraños con las nuevas llaves. Mientras, me dedique a: Mirar el techo, cruzar una pierna delante de otra, bajar mi cartera de piel del hombro al suelo para dejarla en una esquina, volver a levantarla tal pesas de un gimnasio, sacar una libreta inútil, mirar fotos en el móvil, escuchar la conversación del Dr. Pelayo, y por ultimo fijarme en el perfil del chico del que aun no sabía ni el nombre. Hasta después. Esta vez, él llevaba gafas y nunca se las había visto puestas. La secuencia de eventos que vino a continuación no merece la pena relatarla.  
 
La comida con Roberto fue bien. Digo "bien" y solo "bien" porque es lo que toca decir cuando no estas enamorada. Ahora se enfriar el romanticismo. "Cuantas menos ilusiones se hacen las personas, mas capacidad de ser felices tienen" (Buda).

¿No era a caso un sueño vuelto realidad el quedar con Roberto en persona tras meses sin verle, o hablar a solas cara a cara en una mesa y no a millas de distancia por chat? 
Si. Tenia que ademas sumarle el afortunado contexto espacio-tiempo: A la salida de la facultad de medicina para la conseguí alcanzar la nota de corte..en el paseo soleado de Blasco Ibañez 15. Si, todo encajaba a la perfección. Aun así, se como es él, se que el empeño que ponga en conocerme no sera el suficiente, y por ahora, se que es incapaz de llegarme al corazón. Está acostumbrado a ser el centro de atención y no necesita focalizar la suya en ninguna persona concreta. Estuvimos hablando de temas cotidianos mientras comimos patatas bravas y tapas. Yo llevaba mi vestido rosa "nude" como dije, y cuando caminábamos juntos, la gente se giraba a mirarnos. Era como pisar nubes de azúcar. Un reencuentro con alguien del pasado y con intenciones ambiguas. Algo, y solo algo, hacia de ayer un día de belleza superficial, sintético y no genuino. Como si un director de producción nos hubiera plantado allí y yo ya hubiera leído el guion. Algo, y solo algo hacía que el día no fuera perfecto y le di mil vueltas.  

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