18 Septiembre - Guido


Cuando le conté a Iris el sueño se quedó helada, pero creo que no le dio mucha importancia. Por lo menos tengo una buena noticia... ¡¡ HE APROBADO !!! Aunque con tres valerianas encima... No puedo esperar a que me den el carnet, necesito conducir ¡YA!

Esta mañana al mirar el iPad, ya de camino al coche, he leído un correo urgente del profesor Pelayo, enviado anoche a la 1 de la madrugada:

CAMBIO TUTORÍAS URGENTE

Siento mucho avisaros de esta manera, y en castellano, pero tengo que expresarme bien.. A lo que iba, se adelanta vuestra tutoría del miembro inferior a mañana, o sea hoy, a las 10h, 2 horas antes de la práctica, donde nos volveremos a ver. Me ha surgido un problema y no puede ser de otro modo. 
Un saludo.

En cuanto lo leí eché a correr como un condenado hacia la puerta de casa, fundiendo el timbre para luego notar que llevaba las llaves en la mano. Una vez que encontré el maldito kit de disección, huí velozmente hacia el coche de nuevo, donde mi primo Ferrucci estaba ya echando chispas. Para colmo, mientras recorríamos los pocos kilómetros que nos separaban de la ciudad, reparé en que mi móvil se había quedado encima de la mesa, justo enfrente de la estantería en la que guardaba el kit.

De este modo, incomunicado y sin poder recordar con quien tenía exactamente el grupo tutorizado,  a las diez menos cinco bajé las antiguas y desgastadas escalinatas que conducían hacia la sala de disecciones. Cuando llegué, la puerta estaba entreabierta, y la chillona vocecilla de Pelayo ya se distinguía entre el murmullo de los alumnos, arreglándoselas para que todas sus pertenencias cupieran en las diminutas taquillas.

En cuanto Pelayo dio por finalizada la sesión, mis tres compañeros, ávidos de aire fresco, huyeron de la sala, intentando respirar antes de volver al meollo. 
Mientras Pelayo me volvía a explicar la articulación de la rodilla, apareció la chica de la que hablé. Cuando me percaté de su presencia, ella estaba intentando abrir la puerta de la sala de maquetas a través de una especie de baile indígena, un ritual que nunca había tenido el placer de ver en directo.. mochila arriba, mochila abajo, giro, otro giro mas, voltereta hacia atrás… ¡Que arte más peculiar! Aun con todo, recordé la extraña sensación de la otra vez y me empezaron a sudar las manos… En ese momento, Pelayo, obcecado en explicarme de nuevo la articulación de la rodilla, me pidió que por favor trajera una tibia de la sala de maquetas… Medio obligado por el mandato, medio obligado por la curiosidad, pero con un inexplicable miedo, decidí presentarme a la bailarina multicultural. Aquella estancia rezumaba un agrio olor a barniz mezclado con formol, creando, junto a la tenue luz, una lúgubre atmósfera. El contenido de la sala tampoco ayudaba: largas tiras de estanterías a ambos lados repletas de cajones transparentes rebosantes de huesos humanos. Cada cajón llevaba una meticulosa etiqueta anunciado su contenido. Al final de la sala se podía entrever la figura de la misteriosa chica moviéndose de aquí para ya. Por suerte, justo al cruzar el umbral del portón, divisé una caja trasparente con la perfecta etiqueta de “miembro inferior nº 42”. Como, inevitablemente, no me había estudiado la tutoría y yo de tibias poco, cogí la caja entera. Caja en mano, decidí presentarme.

Era realmente guapa, con nariz puntiaguda y pelo negro como la más fría noche de invierno, igual que sus ojos. En cuanto su voz, era dulce pero susurrada. Eso si, una especie de sábana “blanca” le cubría el cuerpo. Después de intentar darnos los reglamentarios dos besos sin mucho éxito, pues la caja abultaba, ella me comentó, a modo de explicación innecesaria, que había olvidado la bata pero  que ninguna le venía bien. Sin más tardanza, nos dispusimos a salir del siniestro almacén.

Mientras cruzábamos el portón a toda prisa, Helena desapareció de golpe. Un instante después, noté como una mano me agarraba el antebrazo como si de un arpón se tratase. En ese momento me giré y contemplé a Helena y a su rebelde pañuelo luchando, cual guerrero en Troya, por no caer al suelo estrepitosamente. El maldito desertor había quedado enganchado en uno de los pestillos de la puerta, tirando del cuello de su dueña a traición. Mientras el inexorable trámite de la gravedad acaecía, yo empecé a caer también de tal agarrón, con la mala pata de que con el embrollo de piernas y brazos que llevábamos, una pierna suya apareció y chutó mi querida caja de tibia y derivados. Al instante, una lluvia de huesos empezó a sucederse a nuestro alrededor. Mientras el profesor Pelayo corría hacia nosotros con las manos en la cabeza, el resto de la clase había empezado a entrar a la sala, listos para su segunda práctica de anatomía.


Cuando lo conseguimos recoger todo y las risas cesaron, y después de otra lluvia de disculpas indiscriminadas susurradas con una casi temblorosa voz, Helena se  escabulló hasta alcanzar el subgrupo mas alejado de los ya inexistentes charcos de huesos. Ese día no hubieron más miradas, simplemente nos repelíamos, como dos polos positivos de grandes imanes.

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