20 Septiembre - Guido

Un día tras otro, en el tren la gente habla del tesoro más ansiado por los españoles: el trabajo. Entre el barullo que se forma, a mi derecha puedo llegar a distinguir una duce anciana haciendo punto. Probablemente alguna bufanda para sus nieto. Ojala todos fueran tan ruidosos como ella. Yo como de costumbre, me he sentado en el asiento junto a la salida de la calefacción. Y la gente sigue hablando de trabajo. Unos a otros se cuentan sus malas experiencias y sus terribles batallas, batallas con sus empresas y jefes. Unos cuentan cómo perdieron el trabajo, otros, más jóvenes, se lamentan de la situación, y apuestan por un futuro mejor. Pero es inevitable no advertir su frustración silenciada.  Sólo unos cuantos se regocijan de su querido puesto. Yo simplemente prefiero no pensar. En cuanto acabe la cerrera huiré de esta jaula, huiré de la mejor fábrica de jóvenes emprendedores. Al menos ese es el plan, después hay que tener el valor suficiente para llevarlo a cabo.

Dejarlo todo y decidir emigrar a otro país es inimaginablemente duro, pero parece ser necesario para no ser explotado o simplemente para poder ejercer en lo que tú realmente amas. Dejar a tus padres, amigos, perro, ardilla, compañeros, casa, y país por intentar conseguir un trabajo digno. No parece justo para nadie. Pero así lo ha querido la panda de simios descerebrados que han venido gobernando el país durante casi toda la historia de España.

Mi abuelo Pancrazio ya lo hizo cuando era joven. En 1919 conoció a una  española que se alojaba en Italia estudiando arte con uno de los mejores pintores vanguardistas del momento.

Mientras ella pintaba un precioso cuadro en el Jardín de Villa Lante, él paseaba distraído. Estaba en el césped, sentada frente a su fiel caballete bajo la fresca sombra de un árbol de la parte alta del parque, dando los últimos retoques a su boceto expresionista. Para cuando Pancrazio se fijó, ella ya estaba recogiendo todo su instrumental. Había comenzado a alejarse cuando  Pancrazio reparó en que algo brillaba en el césped. Elisa había olvidado un tuvo de pintura, pero ya estaba a punto de atravesar los muros del jardín. Mi por aquel entonces joven abuelo, echó a correr para alcanzarla. Cuando consiguió acercarse, ella ya estaba subiendo a un elegante coche negro que la esperaba. La pobre artista gritó de terror cuando aquel extraño individuo, completamente sofocado y con los ojos desorbitados se acercó ella a toda velocidad. Entonces distinguió su el rojo cianuro entre los nerviosos dedos del joven asaltante. Simplemente le dio las gracias y se metió al vehículo, dedicándole una graciosa sonrisa.

Elisa había recorrido los 105 km que separan a Roma de Bagnaia sólo para poder tomar notas y bocetos de aquel maravilloso jardín. No en tanto como mi abuelo, que vivía allí, junto con su padre y sus hermanos, y siempre que podía, se escapaba del taller de su padre para pasear por el grandioso jardín,  intentando evadirse de todos los problemas que le envolvían.

A partir de ese momento, inexplicablemente, él no se podía quitar de la cabeza a aquella asustadiza muchacha. Desde entonces siempre que la ocasión se le presentaba, iba a Roma, visitando a hurtadillas todas las escuelas de arte que el tiempo y el dinero le permitían.

No volvería a ver a aquella mujer hasta 4 meses después, en una ajetreada calle de Roma. Mientras Pancrazio buscaba herramientas en una tienda de recambios, vio pasar por la calle a la pintora, con un vestido blanco hielo y un sombrero de ala ancha con un lazo azul. Su pelo hacía infinitos tirabuzones, como las repetitivas e infructuosas visitas de Pancrazio a los talleres de arte. Él salió de la tienda y la siguió hasta alcanzarla, esta vez sin prisas. Cuando lo consiguió, las palabras no venían. Ella se acordaba de él, pero lo negaba. Sin embargo, mi abuelo no se dio por vencido y la acompañó por las intrincadas callejuelas de Roma, intentando establecer una conversación. Ella era muy culta y le encantaba hablar de muchos temas interesantes, mientras que él lo único interesante que conocía eran los pequeños detalles de su no muy refinada ebanistería. En poco tiempo quedaron terriblemente enamorados, y él la siguió hasta España, intentando huir de la postguerra y del malestar. Sin mucho éxito por cierto, ya que la guerra del Rif en España estaba pasando factura, y una fuerte crisis azotaba el país.

A los pocos meses de llegar, mientras paseaba intentando inspirarse, se vio envuelta en un inesperado tiroteo fruto del naciente pistolerismo. Mientras huía aterrorizada, una bala perdida atravesó su cráneo, extinguiendo su vida y su talento para siempre. 

Mi abuelo, desgarrado por el dolor, se volvió anarquista e intentó vengar su muerte, pero pronto comprendió que de nada serviría. Pasados unos años, conoció a una preciosa mujer, mi abuela, con la que fue feliz al fin. Sin embargo, en lo más hondo de su corazón estoy seguro de que aún reservaba un rinconcito para su primer y predilecto amor. Una noche cualquiera, y sin previo aviso, Pancrazio durmió eternamente, reuniéndose de nuevo con la joven Elisa.

Después de recordar esta preciosa historia, sólo quiero llegar a casa, poner un poco de Chill Out y dejar que el sofá me arrope.

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