Dejarlo todo y decidir emigrar a otro país es
inimaginablemente duro, pero parece ser necesario para no ser explotado o
simplemente para poder ejercer en lo que tú realmente amas. Dejar a tus padres,
amigos, perro, ardilla, compañeros, casa, y país por intentar conseguir un
trabajo digno. No parece justo para nadie. Pero así lo ha querido la panda de simios
descerebrados que han venido gobernando el país durante casi toda la historia
de España.
Mi abuelo Pancrazio ya lo hizo cuando era joven. En 1919
conoció a una española que se alojaba en
Italia estudiando arte con uno de los mejores pintores vanguardistas del momento.
Mientras ella pintaba un precioso cuadro en el Jardín de
Villa Lante, él paseaba distraído. Estaba en el césped, sentada frente a su
fiel caballete bajo la fresca sombra de un árbol de la parte alta del parque,
dando los últimos retoques a su boceto expresionista. Para cuando Pancrazio se
fijó, ella ya estaba recogiendo todo su instrumental. Había comenzado a
alejarse cuando Pancrazio reparó en que
algo brillaba en el césped. Elisa había olvidado un tuvo de pintura, pero ya
estaba a punto de atravesar los muros del jardín. Mi por aquel entonces joven
abuelo, echó a correr para alcanzarla. Cuando consiguió acercarse, ella ya
estaba subiendo a un elegante coche negro que la esperaba. La pobre artista
gritó de terror cuando aquel extraño individuo, completamente sofocado y con
los ojos desorbitados se acercó ella a toda velocidad. Entonces distinguió su
el rojo cianuro entre los nerviosos dedos del joven asaltante. Simplemente le
dio las gracias y se metió al vehículo, dedicándole una graciosa sonrisa.
Elisa había recorrido los 105 km que separan a Roma de
Bagnaia sólo para poder tomar notas y bocetos de aquel maravilloso jardín. No
en tanto como mi abuelo, que vivía allí, junto con su padre y sus hermanos, y siempre
que podía, se escapaba del taller de su padre para pasear por el grandioso
jardín, intentando evadirse de todos los
problemas que le envolvían.
A partir de ese momento, inexplicablemente, él no se podía
quitar de la cabeza a aquella asustadiza muchacha. Desde entonces siempre que
la ocasión se le presentaba, iba a Roma, visitando a hurtadillas todas las
escuelas de arte que el tiempo y el dinero le permitían.
No volvería a ver a aquella mujer hasta 4 meses después, en
una ajetreada calle de Roma. Mientras Pancrazio buscaba herramientas en una
tienda de recambios, vio pasar por la calle a la pintora, con un vestido blanco
hielo y un sombrero de ala ancha con un lazo azul. Su pelo hacía infinitos
tirabuzones, como las repetitivas e infructuosas visitas de Pancrazio a los talleres
de arte. Él salió de la tienda y la siguió hasta alcanzarla, esta vez sin
prisas. Cuando lo consiguió, las palabras no venían. Ella se acordaba de él,
pero lo negaba. Sin embargo, mi abuelo no se dio por vencido y la acompañó por
las intrincadas callejuelas de Roma, intentando establecer una conversación. Ella
era muy culta y le encantaba hablar de muchos temas interesantes, mientras que él lo único interesante que conocía eran los
pequeños detalles de su no muy refinada ebanistería. En poco tiempo quedaron
terriblemente enamorados, y él la siguió hasta España, intentando huir de la
postguerra y del malestar. Sin mucho éxito por cierto, ya que la guerra del Rif
en España estaba pasando factura, y una fuerte crisis azotaba el país.
A los pocos meses de llegar, mientras paseaba intentando
inspirarse, se vio envuelta en un inesperado tiroteo fruto del naciente
pistolerismo. Mientras huía aterrorizada, una bala perdida atravesó su cráneo,
extinguiendo su vida y su talento para siempre.
Mi abuelo, desgarrado por el dolor, se volvió anarquista e
intentó vengar su muerte, pero pronto comprendió que de nada serviría. Pasados
unos años, conoció a una preciosa mujer, mi abuela, con la que fue feliz al
fin. Sin embargo, en lo más hondo de su corazón estoy seguro de que aún
reservaba un rinconcito para su primer y predilecto amor. Una noche cualquiera,
y sin previo aviso, Pancrazio durmió eternamente, reuniéndose de nuevo con la
joven Elisa.
Después de recordar esta preciosa historia, sólo quiero
llegar a casa, poner un poco de Chill Out y dejar que el sofá me arrope.
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