Helena 18 Septiembre




No quiero hablar del vergonzoso suceso de hoy. Mejor lo dejo al margen. A veces exhibo tales episodios de torpeza y despiste que no me explico como puede la misma cabecita conseguir centrarse en otras situaciones.

Cojí el ala norte del edificio para ir hacia la sala de disección de cadáveres en el semi-sótano. Aun desacostumbrada al horario, me olvidé la bata en la residencia y hoy tocaba la segunda práctica de anatomía del primer cuatrimestre. Somos los bebes de la facultad, las amebas, que gatean por los pasillos sin mapa. Afortunadamente para mi, una chica de tercero me informo de que, si llegaba antes, había una pequeña sala de maquetas (al final de la mismísima sala de disección) donde guardaban batas para prestar.



Conforme bajaba las escaleras de piedra hacia el semi sótano, la luz natural me iba abandonando a merced de únicamente artificiales y frías bombillas fluorescentes.  Un desagradable olor a formol más una humedad pegajosa (procedente seguramente del almacén de cuerpos), se apelmazaba en el aire. Andaba desorientada, intentando recordar el camino, cuando topé con la indicación de la pared que me proponía seguir el pasillo de la derecha hasta el fondo. Una flecha roja. Una vez llegada a la puerta de la sala, di unos golpes con los nudillos sobre ella. Disfruté de una larga y solitaria espera a que me abrieran, mientras me sorprendía la aparición intermitente de trabajadores que desfilaban con monos verdes de plástico y guantes de quirófano por el angosto pasillo. Serian los encargados de los cadáveres, pero sus vestimentas me recordaban a los de la pescadería del supermercado.  Dicen que hace tiempo, los encargados de estas labores eran hombres mayores jorobados...personajes marginadados...pero me abrió una mujer pelirroja de unos treinta años. Ella tenía tenía algo en la mirada descolocado y desconcertante, pero no lo suficiente como para que me replanteara si había tocado a la puerta del loquero. 
Dentro de la sala había un bajo relieve con Jesucristo en la cruz, y aferrándose desesperadamente a sus piernas, siete cadáveres intentando trepar. Esqueléticos, como las almas del lago de la muerte de Hades, intentando huir del vacío. En forma arqueada sobre Cristo se veía escrito en latín: " Este es el lugar donde los muertos se alegran de ayudar a los vivos".
Tras ésta momentánea pausa contemplando el relieve en piedra nada más entrar, me percaté que de que al final de la sala, hacia donde yo había de dirigirme, estaba el chico de la cena.
Seguramente acababa de tener grupo tutorizado con el Dr. Pelayo y se había quedado el último para plantearle alguna duda.  

El chico de clase escuchaba atento a la explicación de Pelayo cuando pasé discretamente por su lado. Me volví a topar con otra puerta cerrada (la de la sala de maquetas), por lo que tuve que esperar a que volviera a aparecer la mujer de los ojos extraños con las nuevas llaves. Mientras, me dedique a: Mirar el techo, cruzar una pierna delante de otra, bajar mi cartera de piel del hombro al suelo para dejarla en una esquina, volver a levantarla tal pesas de un gimnasio, sacar una libreta inútil, mirar fotos en el móvil, escuchar la conversación del Dr. Pelayo, y por ultimo fijarme en el perfil del chico del que aun no sabía ni el nombre. Hasta después. Esta vez, él llevaba gafas y nunca se las había visto puestas. La secuencia de eventos que vino a continuación no merece la pena relatarla.  
 
La comida con Roberto fue bien. Digo "bien" y solo "bien" porque es lo que toca decir cuando no estas enamorada. Ahora se enfriar el romanticismo. "Cuantas menos ilusiones se hacen las personas, mas capacidad de ser felices tienen" (Buda).

¿No era a caso un sueño vuelto realidad el quedar con Roberto en persona tras meses sin verle, o hablar a solas cara a cara en una mesa y no a millas de distancia por chat? 
Si. Tenia que ademas sumarle el afortunado contexto espacio-tiempo: A la salida de la facultad de medicina para la conseguí alcanzar la nota de corte..en el paseo soleado de Blasco Ibañez 15. Si, todo encajaba a la perfección. Aun así, se como es él, se que el empeño que ponga en conocerme no sera el suficiente, y por ahora, se que es incapaz de llegarme al corazón. Está acostumbrado a ser el centro de atención y no necesita focalizar la suya en ninguna persona concreta. Estuvimos hablando de temas cotidianos mientras comimos patatas bravas y tapas. Yo llevaba mi vestido rosa "nude" como dije, y cuando caminábamos juntos, la gente se giraba a mirarnos. Era como pisar nubes de azúcar. Un reencuentro con alguien del pasado y con intenciones ambiguas. Algo, y solo algo, hacia de ayer un día de belleza superficial, sintético y no genuino. Como si un director de producción nos hubiera plantado allí y yo ya hubiera leído el guion. Algo, y solo algo hacía que el día no fuera perfecto y le di mil vueltas.  

 Enviado desde mi iPhone.

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