La memoria es selectiva. Escoge rememorar lo único que considera importante
de cada hecho del pasado. Como todos somos distintos, todos recordaríamos un
mismo evento habiéndonos fijado en distintos aspectos y desde distintas
perspectivas. Se deshace el ovillo de recuerdos y se desandan los pasos que lo
formaron. Se lee de la hebra lo único que se considera imprescindible. Me llamó
tremendamente la atención lo que un día en una chocolatería me conto un amigo;
"Nunca, volverán a ser los mismos recuerdos de una vez a la siguiente, ni
la misma secuencia, porque los modificamos sin darnos cuenta cada vuelta
atrás." La estructura del cerebro...cada célula, cada tejido surgido a
partir del código...es todo un portento natural. Sin embargo, el alma se cree
que es algo que no está en los genes.
Ahora no recuerdo nada de aquella retahíla de ideas y preguntas que me vinieron aquella noche de febrero en torno a ese tema. Solo recuerdo que miraba los grises edificios de la ciudad y el humo del tubo de escape de coches cualquiera. Hace siglos aquellas calles de la ciudad habrían sido huerta valenciana o campo abierto. Quizás un camino para llegar al puerto. Quería ponerme a escribir, o a divagar, cuando la importancia de esos pensamientos se traslado al segundo plano...
Al móvil le quedaba un escaso 10% de batería cuando vibro una llamada de mama. Lo cogí y su voz hablo directamente en un tono aparentemente inalterado, pero de mal augurio para alguien que la conoce mucho. Puedo presentir cuando se va a desencadenar su mal principio, conozco como evitar que vaya a más, controlo cuando va a subir o que puede empeorar la subida. Demasiados años de entrenamiento. De pequeña no sabía que química en el cerebro le causaba esos cambios bruscos de carácter. La cuestión era poner en la balanza el peso necesario para equilibrarla o manipular el lenguaje para tranquilizar. Apagar el fuego con una manguera a presión o aprender a evadirse del dolor de una manera fría. Este año está mucho mejor.
- ¿Puedes ir a por Clara al colegio? Llegaré tarde hoy. Papa ha ido...
Ahora no recuerdo nada de aquella retahíla de ideas y preguntas que me vinieron aquella noche de febrero en torno a ese tema. Solo recuerdo que miraba los grises edificios de la ciudad y el humo del tubo de escape de coches cualquiera. Hace siglos aquellas calles de la ciudad habrían sido huerta valenciana o campo abierto. Quizás un camino para llegar al puerto. Quería ponerme a escribir, o a divagar, cuando la importancia de esos pensamientos se traslado al segundo plano...
Al móvil le quedaba un escaso 10% de batería cuando vibro una llamada de mama. Lo cogí y su voz hablo directamente en un tono aparentemente inalterado, pero de mal augurio para alguien que la conoce mucho. Puedo presentir cuando se va a desencadenar su mal principio, conozco como evitar que vaya a más, controlo cuando va a subir o que puede empeorar la subida. Demasiados años de entrenamiento. De pequeña no sabía que química en el cerebro le causaba esos cambios bruscos de carácter. La cuestión era poner en la balanza el peso necesario para equilibrarla o manipular el lenguaje para tranquilizar. Apagar el fuego con una manguera a presión o aprender a evadirse del dolor de una manera fría. Este año está mucho mejor.
- ¿Puedes ir a por Clara al colegio? Llegaré tarde hoy. Papa ha ido...
El contenido de esta llamada tenia la cargante mala pinta de ser por otra
de las típicas broncas entre ellos.
Me lleve la mano a la cabeza y rodé los ojos en señal de cansancio. El tren emitió sus pitidos de arranque y la oí balbucear palabras tensas de fondo, que eran de esencia toxica para mis sentidos.
- Mama, no te oigo, ¿qué pasa?
Me lleve la mano a la cabeza y rodé los ojos en señal de cansancio. El tren emitió sus pitidos de arranque y la oí balbucear palabras tensas de fondo, que eran de esencia toxica para mis sentidos.
- Mama, no te oigo, ¿qué pasa?
El tren entro en el túnel de metro. El vagón iba tambaleando exageradamente de lado a lado. Entonces se fue la batería.
Fui a por Clara aquella tarde y estaba anocheciendo. Volvimos a casa andando, pues obviamente a los dieciséis no tenía todavía carnet. Sólo llevábamos una chaqueta ligera de entretiempo mientras luchábamos contra un vendaval que alzaba en espirales los folletos de la calle y hacía traquetear las persianas de las ventanas. Las ramas de los arboles parecían querer azotar con violencia al mismo aire, en todas las direcciones. Quedaba poco para la llegada de la tormenta.
Clara estuvo todo el trayecto a casa gritando al viento su duda incontestable sobre donde estaban papá y mamá. Yo le decía que no lo sabía y seguíamos andando cogidas de la mano. Siempre la he tratado como si fuera más madura de lo que es, porque los mayores no tratamos con paños calientes a los hermanos pequeños. Sabemos que pueden ser más fuertes, y de ellos esperamos lo mejor, pero en realidad era una cría. Una cría que antes de los siete años me seguía a todas partes con dulce admiración. Pero para proteger a los peques ya están los padres. Supongo que es difícil para ellos saber en qué punto traspasan al grado de sobreprotección. Con el paso del tiempo, el cinismo del adulto va quitando capas a la bendita inocencia. Los ojitos derechos de papa o mama se independizan como parte de lo normal. Se adentra uno en el bosque del descubrimiento personal, buscando respuestas propias.
Volviendo a esa tormentosa noche de febrero, recuerdo el largo rato que pase
abrazada a Clara hasta las dos de la mañana, intentando dormir algo y que no se
preocupara demasiado. Nos acostamos en la cama grande para tener más espacio.
Hablábamos en voz baja para llenar el horrible silencio.
Cuando sonó un ruido en la verja de entrada, nos levantamos rápidamente
para ver por la ventana del dormitorio quien era, encontrándonos con que papa había
llegado al fin. Hubo un respiro de alivio al verle, que pronto fue sustituido
por angustia. Mama no había vuelto con él.
Escuchamos los lentos y pesados pasos de subida por los escalones, cada uno
seguido de otro más cercano, y al verle a la luz de la luna se percibieron sus
ojos hinchados, el ceño algo fruncido y el cuerpo chupado para dentro, sin energía.
Empezó contándonos frotándose el parpado derecho con el dorso del dedo índice
que mama había olvidado tomar la medicación y que había perdido el control. El corazón
se me aceleró, e intentaba evitar las conjeturas precipitadas. Siguió contando
que el coche se desvió en una curva y que hubo impacto, pero que lo peor fue el
susto. Sin embargo, el ansia de mi mente iba más acelerada que sus palabras.
Papa contaba el hecho como si de un problema cotidiano pero sin arreglo se
tratara. Prosiguió diciendo que en el hospital tuvieron que hacerle un TAC y
una eco, pero que primero de todo no nos preocupáramos porque el accidente solo
había causado moratones y un tirón en el cuello. Tras ese tenso y caótico
mensaje hubo un siniestro silencio.
Con pena nos siguió diciendo que, sin buscarlo habían encontrado en la eco un tumor. Si, había dicho tumor. Por eso no había llegado a casa. Había tenido que quedarse ingresada. Papa no quiso aclarar si era un tumor maligno, ni porque él no se había quedado con ella toda la noche. Asumí pues, que había metástasis. Esa fue quizás una de las noches más tristes de mi vida. Envuelta en un velo plata, contemplé la luna por mi ventana durante horas, como la estatua de La fiducia in Dio de Bartolini, sin percibir el paso del tiempo, ni los sentidos.
Con pena nos siguió diciendo que, sin buscarlo habían encontrado en la eco un tumor. Si, había dicho tumor. Por eso no había llegado a casa. Había tenido que quedarse ingresada. Papa no quiso aclarar si era un tumor maligno, ni porque él no se había quedado con ella toda la noche. Asumí pues, que había metástasis. Esa fue quizás una de las noches más tristes de mi vida. Envuelta en un velo plata, contemplé la luna por mi ventana durante horas, como la estatua de La fiducia in Dio de Bartolini, sin percibir el paso del tiempo, ni los sentidos.
- Si miro atrás y veo mi recorrido, viendo todo el sufrimiento por el que he tenido que pasar, lo volvería a pasar solo por ti. Eres mi belleza, lo más bello de mi vida.
Contuve mis lágrimas ante su amarga emoción, sintiendo que cargaba un
enorme cántaro cargado, que tambaleaba en mi adentros pudiendo derramarse.
Solo han hecho dos semanas de mi llegada a España y ya están pensando en venirse a vivir aquí un tiempo. He recordado ese día de febrero a raíz de su llamada de hoy desde Inglaterra. Me decía que me echaba de menos, y que estos días había estado aturdida, y que había decidido comprarse una Thermomix o reformar la cocina, y que necesitaba que Clara colaborara más en casa o no podría ya con todo. Además me decía que no le gustaba la idea de que estuviera en una residencia y que lo mejor era tener un piso de alquiler para momentos como este en el que me quiera visitar. Me dijo que llamara a la madre de mi amiga Sofía que alquilaba en Alameda. No pude contradecirla en sus energéticas nuevas propuestas aunque me sonaran a disparates diversos y me tuve que dejar llevar. Una mini mudanza a inicios de curso podía significar tener que faltar algunas mañanas a clase y soy consciente de que no me lo debo permitir.
Tras hablar por Skype, tomamos la decisión de que lo mejor es que Clara y
ella vengan a Valencia mientras papa esté en Francia.
Clara haría las clases a distancia que ofrece Harrow College durante ese
tiempo. En la llamada me repitió mil veces con sentimiento de culpabilidad, que
no quería llegar y ser una molestia porque sabía que para mí era una etapa
importante para rehacer mi vida, conocer a gente nueva y adaptarme. Aun así, si
ella está infeliz y desacompañada, no puedo estar tranquila. De manera que el
lunes estarán aquí. No era lo planeado, pero las cosas no son inalterables y
las circunstancias controlan más a las personas que las personas a ellas.
El otro día, paseé por
Viveros, bajo sus puentes y arcos neoclásicos, inspirando la magia del sol
de finales de verano Español. Vi como un árbol que medía un metro cuando yo tenía cuatro años
y patinaba por esos circuitos, ahora medía casi dos. Al lado de éste estaba el
elegante y juvenil almendro de siempre, que descaradamente cada vez que era
azotado y roto por los temporales que carecían de su misma delicadeza, seguía
demostrando su valor creciendo en busca de la luz. Sentada en uno de sus bancos
sola, me di cuenta de que echaba de menos ser educada en el baile o en el
canto. La sensación de no llegar a saciar mi necesidad de música no era nada
nueva. Por eso, en un intento de encontrarme con ella dejé los Viveros en busca
de la sala del coro de la Universidad para ver que era, y si estaba abierta.
Conocí a algunos profesores y alumnos metidos en él y me hicieron cantar, pero
canté sin plantearme realmente si quería formar parte de ese coro. Simplemente
canté sin ataduras. Me sentí a gusto pero seguramente no vaya a tener
tiempo.
Me han dicho que
pronto habrá un concierto benéfico en el Palau, y que ellos como coro cantarán
en el. Los ensayos serían intensivos y a estas alturas del inicio de curso, si
me apunto quizás no pueda comprometerme por mucho me que me llame la curiosidad.
De todos modos no faltaré en la audiencia de ese concierto cuando se haga,
además dicen que va a tocar uno de clase.
