Como contaba, hoy ha sido el primer día de clase.. Somos 80 en clase, y no conozco a nadie. Al acabar mis tres primeras clases de medicina, nos hemos presentado, pero solo unos pocos, aún me queda muchísima gente por conocer...
Las clases de hoy consistían en unas majestuosas y bien ensayadas presentaciones de los profesores, mostrándonos, cada uno de ellos, la suma importancia de su asignatura y por qué es a la que más tiempo deberemos dedicarle..
Con todo, por la tarde no podía parar de pensar en el concierto del pasado viernes: Premios de Honor del último curso. En otras palabras, el concierto más importante de mi vida. En estos conciertos se elige al mejor músico del conservatorio, premiándolo con la matrícula y muchas cosas más. Aunque no es lo realmente importante, la verdadera recompensa es poder comprobar tú mismo que el inmenso esfuerzo invertido tiene auténticos frutos.
Las clases de hoy consistían en unas majestuosas y bien ensayadas presentaciones de los profesores, mostrándonos, cada uno de ellos, la suma importancia de su asignatura y por qué es a la que más tiempo deberemos dedicarle..
Con todo, por la tarde no podía parar de pensar en el concierto del pasado viernes: Premios de Honor del último curso. En otras palabras, el concierto más importante de mi vida. En estos conciertos se elige al mejor músico del conservatorio, premiándolo con la matrícula y muchas cosas más. Aunque no es lo realmente importante, la verdadera recompensa es poder comprobar tú mismo que el inmenso esfuerzo invertido tiene auténticos frutos.
Estaba
intentando calmarme, tampoco era para tanto, llevaba haciendo conciertos
toda mi vida y jamás me había puesto tan
tremendamente nervioso.
La
pianista no va a llegar, la pianista no va a llegar – me repetía una y otra vez
mientras alternaba dando círculos y sentándome en una mesa cercana.
Ya
basta!!! – Grité mentalmente. Me senté en la mesa y empecé a soplar lentamente
por el tudel de mi trompeta mientras intentaba recordar la última cadencia. Muy poco a poco noté como el corazón se
deceleraba, pero no era suficiente.. Faltaban dos y salía.. La pianista sin dar
signos de vida..
Salí
acariciado por el rugido de aplausos que precedieron a mi humilde presentación,
decidido a interpretar la obra con o sin pianista. Para mi sorpresa, una sombra
se movió entre el público y en unos segundos apareció en escena la susodicha
con su típica sonrisa triunfal en la cara. Tal sobresalto me llevé que cuando
quería remediarlo, todas las hojas se deslizaban por el escenario. En este
momento ya me había ganado al público.. aunque de un modo peculiar.
Una
vez estabilizada la extraña situación, me concentre en mi propósito. La jugarreta de las hojas me iba a salir muy
cara, el jurado me penalizaría. Además, no sabía si había calentado suficiente,
y la sordina a veces vibraba… Cuando llevas tantos años conviviendo con el
escenario, conoces de primera mano esos miedos y dudas que surgen justo antes
de comenzar. Yo simplemente los abracé. Me acompañaban, estarían junto a mi
mientras poco a poco los iba destruyendo con mi música.
Entonces
hice la señal y el piano rugió con todo su poderío. Segundos después, disparé
las primeras ocho notas, las cuales eran sin duda, las más importantes de toda
mi vida. Cerré los ojos para poder contemplar la música y, una a una, empecé a
lanzar las cadencias del primer tiempo de mi predilecto entre contemporáneos.
Cuando
llegó el Maestoso Expressivo
simplemente tuve que pensar en ella.
Las notas se deslizaban solas por los labios, dedos y metal, como gotas de
rocío en una mañana de otoño. Entonces fue cuando empezó lo bueno. Después del
muy necesario descanso en el que el piano subía y bajaba endiablado, gritando
acordes que ni siquiera yo comprendía,
se produjo un parón inesperado, casi grotesco.
Inminentemente
llegaba la cadencia final. Comencé a desgranar una a una las notas que
quedaban, cogiendo velocidad poco a poco. La tensión iba en aumento, las gotas
de sudor caían por la frente, mi dura expresión no cambiaba y mi cuerpo se
empezaba a encorvar hacia atrás, el público estaba ya casi levantado, era algo
anómalo. Y las notas seguían a lo suyo,
haciendo recovecos y virajes inesperados, susurradas al principio y ahora exclamadas con potente y clara voz. Era la locura
intentando escapar del manicomio. Algo imposible! Y la velocidad seguía
subiendo. La tensión era máxima. Entonces… Silencio. La gente no sabía si
comerse un sillón o tirarse de los pelos. Seguía con los ojos cerrados.
Inesperadamente, la señal llegó al pianista y se desató una un torbellino final
con explosiones de notas y acordes, liberándose en unos pocos segundos toda esa
tensión acumulada y llevando a todos los oyentes al puro éxtasis. Los
espectadores consiguieron respirar al fin
y antes de que acabara la gran nota final un espectacular rugido de
aplausos llenó completamente el gran auditorio. Únicamente por esa sensación
que casi podía tangir merecía la pena. Completamente espectacular… Abrí los ojos. Ríos de adrenalina corrían por
mi cuerpo. Estaba exhausto, afónico y mareado, pero feliz. No sabía siquiera si conseguiría salir de ahí por mis propias piernas:
todo me daba vueltas y el cansancio era extremo. El corazón seguía a lo suyo,
creyendo que iba a ganar la olimpiada de los 100 lisos. Asique abracé a la
pianista y saludamos al público, otra vez. No había ninguna prisa.
Esa noche fue fantástica. Uno de mis viejos
amigos cumplía años y me esperaba la ya tradicional cena. Estas cenas son más
bien una amalgama entre risas y
experiencias que pueden alargarse tanto como de tiempo dispongamos. En estas
cenas abarcamos desde el sexo hasta otros temas tan triviales como el curioso
desayuno del loco del compañero de piso de Clara. Este salteado de risas
siempre acaba con todas y cada una de mis preocupaciones, es sencillamente
fantástico. A mi parecer, estas veladas son un acontecimiento fundamental y
necesario, a la vez de sencillo e improvisado que completa toda vida feliz.
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