9 Septiembre - Guido

Como contaba, hoy ha sido el primer día de clase.. Somos 80 en clase, y no conozco a nadie. Al acabar mis tres primeras clases de medicina, nos hemos presentado, pero solo unos pocos, aún me queda muchísima gente por conocer...

Las clases de hoy consistían en unas majestuosas  y bien ensayadas presentaciones de los profesores, mostrándonos, cada uno de ellos, la suma importancia de su asignatura y por qué es a la que más tiempo deberemos dedicarle..

Con todo, por la tarde no podía parar de pensar en el concierto del pasado viernes: Premios de Honor del último curso. En otras palabras, el concierto más importante de mi vida. En estos conciertos se elige al mejor músico del conservatorio, premiándolo con la matrícula y muchas cosas más. Aunque no es lo realmente importante, la verdadera recompensa es poder comprobar tú mismo que el inmenso esfuerzo invertido tiene auténticos frutos.

Estaba intentando calmarme, tampoco era para tanto, llevaba haciendo conciertos toda  mi vida y jamás me había puesto tan tremendamente nervioso.
La pianista no va a llegar, la pianista no va a llegar – me repetía una y otra vez mientras alternaba dando círculos y sentándome en una mesa cercana.
Ya basta!!! – Grité mentalmente. Me senté en la mesa y empecé a soplar lentamente por el tudel de mi trompeta mientras intentaba recordar la última cadencia.  Muy poco a poco noté como el corazón se deceleraba, pero no era suficiente.. Faltaban dos y salía.. La pianista sin dar signos de vida..
Salí acariciado por el rugido de aplausos que precedieron a mi humilde presentación, decidido a interpretar la obra con o sin pianista. Para mi sorpresa, una sombra se movió entre el público y en unos segundos apareció en escena la susodicha con su típica sonrisa triunfal en la cara. Tal sobresalto me llevé que cuando quería remediarlo, todas las hojas se deslizaban por el escenario. En este momento ya me había ganado al público.. aunque de un modo peculiar.

Una vez estabilizada la extraña situación, me concentre en mi propósito.  La jugarreta de las hojas me iba a salir muy cara, el jurado me penalizaría. Además, no sabía si había calentado suficiente, y la sordina a veces vibraba… Cuando llevas tantos años conviviendo con el escenario, conoces de primera mano esos miedos y dudas que surgen justo antes de comenzar. Yo simplemente los abracé. Me acompañaban, estarían junto a mi mientras poco a poco los iba destruyendo con mi música.
Entonces hice la señal y el piano rugió con todo su poderío. Segundos después, disparé las primeras ocho notas, las cuales eran sin duda, las más importantes de toda mi vida. Cerré los ojos para poder contemplar la música y, una a una, empecé a lanzar las cadencias del primer tiempo de mi predilecto entre contemporáneos.

Cuando llegó el Maestoso Expressivo simplemente tuve que pensar en ella. Las notas se deslizaban solas por los labios, dedos y metal, como gotas de rocío en una mañana de otoño. Entonces fue cuando empezó lo bueno. Después del muy necesario descanso en el que el piano subía y bajaba endiablado, gritando acordes que ni siquiera yo comprendía,  se produjo un parón inesperado, casi grotesco.
Inminentemente llegaba la cadencia final. Comencé a desgranar una a una las notas que quedaban, cogiendo velocidad poco a poco. La tensión iba en aumento, las gotas de sudor caían por la frente, mi dura expresión no cambiaba y mi cuerpo se empezaba a encorvar hacia atrás, el público estaba ya casi levantado, era algo anómalo.  Y las notas seguían a lo suyo, haciendo recovecos y virajes inesperados, susurradas al principio y  ahora exclamadas  con potente y clara voz. Era la locura intentando escapar del manicomio. Algo imposible! Y la velocidad seguía subiendo. La tensión era máxima. Entonces… Silencio. La gente no sabía si comerse un sillón o tirarse de los pelos. Seguía con los ojos cerrados. Inesperadamente, la señal llegó al pianista y se desató una un torbellino final con explosiones de notas y acordes, liberándose en unos pocos segundos toda esa tensión acumulada y llevando a todos los oyentes al puro éxtasis. Los espectadores consiguieron respirar al fin  y antes de que acabara la gran nota final un espectacular rugido de aplausos llenó completamente el gran auditorio. Únicamente por esa sensación que casi podía tangir merecía la pena. Completamente espectacular…  Abrí los ojos. Ríos de adrenalina corrían por mi cuerpo. Estaba exhausto, afónico y mareado, pero feliz. No sabía siquiera si conseguiría salir de ahí por mis propias piernas: todo me daba vueltas y el cansancio era extremo. El corazón seguía a lo suyo, creyendo que iba a ganar la olimpiada de los 100 lisos. Asique abracé a la pianista y saludamos al público, otra vez. No había ninguna prisa.


Esa noche fue fantástica. Uno de mis viejos amigos cumplía años y me esperaba la ya tradicional cena. Estas cenas son más bien una amalgama  entre risas y experiencias que pueden alargarse tanto como de tiempo dispongamos. En estas cenas abarcamos desde el sexo hasta otros temas tan triviales como el curioso desayuno del loco del compañero de piso de Clara. Este salteado de risas siempre acaba con todas y cada una de mis preocupaciones, es sencillamente fantástico. A mi parecer, estas veladas son un acontecimiento fundamental y necesario, a la vez de sencillo e improvisado que completa toda vida feliz.

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